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16 de junio de 2020

LAS VALIENTES “MADRINAS DE GUERRA’


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Escuche muchas historias de la Guerra del Chaco, de personajes que estuvieron allí, de bolivianos que lucharon por el país, esta que estoy a punto de narrarles, es la que más me conmovió.

Hay instantes indescriptibles en la vida de un ser humano, hechos que no se pueden narrar ya que la emoción, esa sensación de miedo, euforia o incertidumbre que sintieron nuestros padres, abuelos y patriotas que amaron a Bolivia más que a ellos mismos al escuchar las noticias del estallido de la Guerra del Chaco, las sirenas, las campanas de los templos anunciando la misma no pensaron en otra cosa que en defenderla, son estos sentimientos que han quedado entre los recuerdos imperecederos de aquellos que los vivieron.

Ver a las personas corriendo hacia sus casas para llevar la noticia a sus familiares: “La guerra ha estallado”! dice que esa noticia sacudió el espíritu de toda una nación.

Fueron estos momentos en los cuales el valor y el patriotismo se confundieron en un solo anhelo: el “Servicio a la Patria”.

Así fue como el 14 de junio del 1932, ante lo inevitable se produjo el llamamiento a los reservistas que ya habían cumplido su servicio militar para que se presenten a los cuarteles.

En la ciudad de La Paz, el lugar de cita de toda la juventud convocada, la cual, sin distinción de clases sociales, acudió a presentarse, fue el Cuartel de Miraflores.

La sirena de “La Razón” se escuchaba de uno a otro confín de la ciudad, llamando a todos los jóvenes. Dicen que cada vez que se oía esa sirena, todos los muchachos de esa época temblaban de emoción y euforia, la convocatoria también producía en todos los hogares un gran sentimiento de patriotismo.

Todos querían ir a la guerra, la ansiedad en los jóvenes era incontrolable, los deseos de servir a la patria tan vehementes e indisolubles. Ante este hecho las madres sumidas en el dolor más silencioso y disimulado no podían hacer otra cosa que resignarse pues era BOLIVIA que necesitaba de sus hijos.

Con mayor razón en esa época en la cual estos jóvenes participaban de cualquier demostración callejera en contra de la nación que nos había agredido. En esos momentos no se sintió decadencia, solo el deseo abrasador de marchar al frente.

Todos deseaban ser los primeros y era tan grande el entusiasmo de esos muchachos, que hubo muchos que no habían cumplido la edad militar, no obstante, se presentaron para ofrendar su vida y sacrificio a la patria. De ahí tantos menores, casi niños, a quienes no los pudieron rechazar y que combatieron en el Chaco.

Cuantas madres, con el corazón hecho pedazos, demostrando un valor espartano, entregaron sus hijos, hubo algunas que despidieron hacia el frente cinco hijos, quien sabe más, nadie podía eludir esa obligación sagrada, todos estaban conminados a cumplir con su deber.

Después de haberse presentado en los cuarteles, los jóvenes salían de allí uniformados, con lo que la gente de esa época llego a llamar “la mortaja”, o sea el uniforme militar. Así llegaban a sus casas orgullosos y contentos, sin presentir el dolor contenido de sus madres y hermanas, los que disimulando las lágrimas tenían que arreglar los uniformes que no siempre eran bien confeccionados. Una vez que se habían “entallado” las chaquetas, subido las bastillas y recosido los botones, esos noveles soldados lucían bien “pijes “con sus “mortajas” a la medida.

Días antes de la partida al frente, comenzaban las despedidas e invitaciones que se ofrecían. No faltaba la nota social en la prensa que anunciaba los ágapes en honor a los conscriptos que se iban a la guerra, deseándoles mucha suerte y un regreso victorioso.

En esas circunstancias apareció la moda de nombrar “Madrinas de Guerra”, la cual fue copiada también por los paraguayos, estos nombramientos llegaron a ser una verdadera institución. Generalmente se nombraba “Madrina de Guerra” a la novia o a la “polola”, así como a una dama distinguida de la sociedad amiga de la familia.

Bien uniformados iban a visitar la casa de la “futura madrina”, donde eran recibidos con mucho cariño y consideración, después de los saludos de rigor, la tertulia obligada de la guerra, el regimiento al que debían pertenecer, se procedía a nombrar a la Madrina, nombramiento que no se podía rechazar, pues no era algo honorario sino que constituía un deber cívico, quien se iba a negar proteger aun cuando sea con sus oraciones y sus desvelos, a un joven que iba a defender el suelo que nos cobija, la patria amada que está en peligro.

Una MADRINA DE GUERRA se comprometía a escribirle, rezar por él, velar por su madre, por sus hermanas, visitarlas, acompañarlas. Era un compromiso ir a despedirlos a la estación, llevándoles flores, fotos dedicadas, escapularios, medallitas, detentes bordados, coca, dulces, cigarrillos y hasta un mechón de sus cabellos. Es de imaginarse la emoción y el dolor de esas valientes jóvenes quienes como Madrinas de Guerra demostraron su valor y entereza al despedir a sus novios o enamorados a una muerte casi segura, pues nadie tenía la certidumbre de que iban a regresar.

En esas épocas de la guerra, casi todos los días salía un destacamento, a veces dos, según el movimiento de los trenes la Estación Central se llenaba de gente, así como todas las calles de la ciudad.

Allí se producía el último abrazo. Muchos soldados no solo tenían una “madrina de guerra” y en la Estación se veían rodeados de jovenzuelas quienes los llenaban de halagos y recomendaciones. Al despedirse de sus madres recibían la bendición hincados, como un último testimonio de amor materno, algo que los habría de acompañar hasta su regreso.

El tiempo en la Estación Central pasaba volando, las recomendaciones, los abrazos no eran suficientes, las miradas de amor entre esposos y novios fueron eternas, queriendo retener los minutos, prolongar más la presencia del amado, inexorablemente sonaba el silbato de la locomotora que anunciaba la triste despedida, ahí temblaban los corazones, se estremecía el cuerpo de dolor…el ultimo abrazo y el adiós.

Difícil imaginarse el momento enternecedor y sublime, las lágrimas silenciosas preñadas de angustia rodaban por las mejillas de las madres, novias y madrinas, las esposas y hermanas disimulando el dolor oculto que apretaban en sus pechos.

Muchos valientes se hincaban para recibir una última bendición de sus madres, aquellas que los trajeron al mundo y ahora los devuelven:


“Adiós hijo de mi alma…si Dios quiere volverás, si no, nos veremos en el cielo…” El soldado conmovido con lágrimas en los ojos:

-Adiós madrecita amada, he de volver te lo prometo-

¡VIVA BOLIVIA CARAJO!

Y entusiastas se desprenden de los brazos de sus madres, de sus novias, de sus Madrinas de Guerra, suben al tren rápidamente a medida que lo hacen poco a poco se ven salir cientos de cabeza por las ventanillas y ellos alegres dicen adiós con las gorras del uniforme militar, las bandas de música se confunden con los hurras y vivas de la gente que grita emocionada y retumba en toda la estación.


Se escucha el sonido de la maquinaria que anuncia la partida del tren afloran los pañuelos blancos en el aire y las mujeres recién hacen saltar las lágrimas de toda la angustia reprimida en presencia de los hombres, en ese instante saltan los corazones, mitad del alma se va con ellos. A medida que avanza el motorizado se escuchan gritos emocionados de la muchachada que gritando se va: ¡¡Viva Bolivia!! ¡Ganaremos a los Pilas… Volveremos y triunfaremos!

Pausadamente se aleja el tren, luego más rápido, más rápido la locomotora se pierde en lontananza envuelta en una nube de humo, todos en la estación esperan hasta que se esfuma en la mirada, muchas madres en el andén han quedado postradas de rodillas con los brazos abiertos, sin soportar el dolor siguen con el alma en los ojos a la máquina que se pierde como un punto en la distancia.

-Se fue mi hijo…Dios mío! Quién sabe si lo volveré a ver-

El Soldado boliviano servidor de su patria se va a la guerra, orgulloso, altivo, lleno de júbilo. Si ellas pudieran verlos ahora en el tren candando:

“QUIEN TOCA LA PUERTA
YO SOY SEÑORAY VENGO A DESPEDIRME
AL CHACO ME VOY”



Fueron muchos los soldados que tuvieron Madrinas de Guerra, por todos los lugares donde pasaban o se quedaban, ya sea muchachas que habían conocido allí o allegadas a la familia. Ellas los ayudaron, los recibieron y despidieron, los confortaron, curaron sus heridas.

Fue preponderante en ese tiempo la labor de las madrinas tarijeñas, chuquisaqueñas y orientales, ellas los recibieron y los siguieron hasta la frontera, curaron sus penas y muchas se hicieron novias de ellos. En todo el territorio nacional por donde pasaron los destacamentos, estas mujeres valientes y heroicas no cesaron en sus cuidados, los alimentaron, animaron y con llanto en los ojos los enterraron.

Se encargaron de escribir noticias a las madres, contándoles que habían visto a sus hijos, que estaban bien, que se hallaban partiendo para otros lugares, muchas veces inclusive tuvieron la dolorosa misión de comunicarles que ellos habían caído en acción. Esta obra múltiple y compleja de la retaguardia, especialmente en la labor que efectuaron las señoritas “Madrinas de Guerra”, tuvo una eficiente labor de aliento, valor y entrega, la misma que vitalizo el corazón de los combatientes, sin ellas sus glorias aun siendo grandes no hubieran sido completas.

A todos los soldados, madres y madrinas bolivianos, les agradecemos. Son la gloria de la nación. Soldado reverente héroe anónimo, hijo del pueblo que al conjuro de la palabra mágica “BOLIVIA” diste tu sangre y tu vida a ti te saludamos héroe inmortal que defendiste denodadamente los más sagrados principios de justicia y libertad de nuestra nación, que, si bien perdió esa batalla, ¡jamás fue derrotada en su espíritu!

Tus proezas legendarias serán cantadas por los poetas y tu sombra vagara por las selvas y cañadas inmensas del Chacho, montara guardia por los siglos de los siglos en beneficio de nuestra patria.

A todas las mujeres benditas que perdieron hijos, nunca supieron donde fue enterrado y solo recibieron una carta del Comandante en Jefe del Estado. A esas mujeres que siendo “madrinas de guerra” acompañaron a los soldados, curaron sus heridas y sacaron sus pañuelos blancos para despedirlos en las estaciones del tren, ¡a esas que los siguieron durante la campaña GRACIAS! Mujer boliviana, fuerte, esposa, compañera, guerrillera, madre de familia, madrina, profesional y activista la historia dirá algún día cuan valiente fuiste, eres y lo serás.

Isabel Velasco



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13 de junio de 2020

SAN ANTONIO BENDITO


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La bella imagen de San Antonio que se venera en la Basílica de San Francisco llegó de España durante la época colonial ya acreditada de milagrosa.  Quienes la ven con atención sienten tiernos y amorosos afectos, su rostro angelical inspira los más puros sentimientos y desde aquellas lejanas épocas de nuestros tatarabuelos es Patrono de la Juventud Paceña.

Dice que desde aquellos tiempos del coloniaje las jóvenes acudían a verlo con ansias y anhelos vehementes para pedirle el milagro de  tener un novio guapo que luzca bien, si es posible un Adonis amoroso y de buen carácter; que tenga oficio y beneficio mejor aún con hacienda y mucho dinero, es decir el esposo ideal.  Por su lado los jóvenes se inclinan fervorosamente ante él para pedirle una linda y hermosa novia, hacendosa, virtuosa, una niña de su casa que no sea pizpireta, mucho menos coqueta, buena madre y gentil esposa. Una mujercita que sepa cocinar, coser, lavar y planchar para llevarla al altar.

En los tiempos de nuestros abuelos, no era muy difícil para el Santo hacer posible las peticiones de los jóvenes casaderos y enamorados, es por eso que el 13 de junio, fiesta de San Antonio, toda la juventud se preparaba con gran emoción para asistir a los festejos, los que se organizaban con gran algarabía en el templo de San Francisco.  Todos los devotos y muy especialmente las señoritas de esas épocas de oro del 1900 al 1940 esperaban con entusiasmo ese acontecimiento religioso para el cual los curitas franciscanos hacían lo posible a darle el mayor realce posible.

Esta fiesta se realizaba desde el primer día de junio hasta el 13 con todo el esplendor social posible. Toda la ciudadanía paceña se daba cita durante los trece días para rezar la tradicional “Trecena de San Antonio” y escuchar los sermones de los oradores de esas épocas.


La juventud de esos tiempos era elegante y para esta fiesta se arreglaban con especial interés, pues iban convencidos que allí mismo en la iglesia el santo les haría el milagro. 

Los “pijes” se situaban en las naves laterales del templo, para desde allí poder mirar a las muchachas acomodadas en la nave central acompañadas de sus padres y familiares.  Miradas van miradas vienen San Antonio desde su esplendoroso trono a un costado del Altar Mayor, comenzaba los milagros.  En efecto los jóvenes que de “antemano” habían “echado el ojo” a las dueñas de sus sueños, pedían vehementes al santo ser correspondidos y el milagro no se hacía esperar, pues ellas contestaban inmediatamente con una sonrisa escondida detrás de los velos, iniciando así un romance de miradas que indicaba “pololeo seguro”.  A todo esto los padres enfrascados en sus rezos, no atinaban a otra cosa que disimular, las madres haciendo girar entre sus dedos las cuentas del rosario y los caballeros retorciéndose los mostachos sin piedad.

Concluida la ceremonia, el gentío abandonaba el templo, los galanes se adelantaban en salir para posesionarse del atrio formando un callejón, a fin de ver la salida de las muchachas quienes pasaban delante de ellos en medio de un concurso de piropos y lisonjas dichas con toda mesura y elegancia.  Allí se producían los primeros encuentros con los padres, quienes saludados cortésmente por los petimetres no podían impedir la gracia de permitirles acompañarlos hasta sus casas.

Independientemente de estos oficios religiosos,  las misas y trecenas, las chiquillas escribían cartas a San Antonio las cuales eran entregadas al sacristán para que el las depositara a los pies del Santo, importantes misivas con ruegos y peticiones como la siguiente:

“San Antonio milagroso yo te pido con fervor un esposo cariñoso con dinero y mucho amor”.

No existía casa en toda la ciudad que no poseyera una imagen del Santo con una vela prendida constantemente durante los trece días del mes de junio, ya sea pisando cartas o con la imagen de cabeza  hasta que se produjera el milagro de una relación. Para las jovencitas a las que “más o menos ya las estaba dejando el tren” San Antonio era la esperanza, el consuelo y el receptor de sus angustias, oraciones y también castigos.

Durante los días que antecedían a la fiesta del Divino Antonio el templo de San Francisco siempre se encontraba lleno  hasta después de la trecena, en esos tiempos no existía abogado con más clientela en la Basílica que el bendito Antonio.  Los jóvenes de esas épocas escribían cartas las hacían bendecir y le rezaban con fervor.

La fiesta de este santo fue para nuestros padres y los padres de ellos un acontecimiento de esperanza, dignidad y elegancia. Una demostración del enorme sentir decente del pueblo, una festividad de significancia emocional de galantería y fineza de la juventud de entonces que nunca fue alterada ni ensombrecida  con leyes pues en esos tiempos la juventud conocía y practicaba la decencia y las buenas costumbres .


Isabel Velasco


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8 de junio de 2020

EL TRANVIA DE LA MUERTE


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El domingo 4 de marzo de 1923 muchos ciudadanos que poseían quintas y fincas en la Villa de los Obrajes viajaron a ellas para pasar el fin de semana, cambiar de clima y a la vez apreciar la naturaleza del lugar. Los hermanos Guillermo y José Luis Gonzales Quint ensillaron sus caballos y enfilaron hacia el lejano Obrajes en sus cabalgaduras. Don Julio Arauco Prado, distinguido ciudadano paceño, se atrasó esperando a sus pequeños hijos quienes obtuvieron permiso de salir de paseo con su padre “por ser primer domingo de mes” norma que regía en el internado de los Sagrados Corazones y tomaron el tranvía. 

A la hora designada para el descenso hacia Obrajes, el motorista Eusebio Urquizo fue notificado para dirigir el carro número 10 B, recibió la orden a regañadientes puesto que este vehículo ya anteriormente había presentado cierta relajación en los frenos y previno a sus superiores que era peligroso utilizar este carro, lamentablemente sus quejas cayeron al vacío, el inspector Asport manifestó a todos los conductores que “para rendir un servicio rápido se debían acelerar los carros”. Urquizo no pudo menos que entrar en trabajo y bajar hacia la Villa de Obrajes repitiendo el trayecto 3 de ida y 3 de vuelta. A las 11.20 a.m. el tranvía partió su viaje de bajada conducido por Urquizo secundado por Domingo Olivares, en sus manos las vidas de 20 pasajeros. Siete iban en primera clase, el Sr. Julio Arauco Prado con sus hijos Eduardo, Leonor y Adela, la Sra. Adela Loayza de Esprella y el Dr. Nicanor Barcarcel con su hijo Luis. En 2da clase viajaban 17 personas entre ellas gente de comercio, minoristas y agricultores del valle de la provincia Murillo. Los hermanos González Quint viajando a caballo vieron como al pasar el tranvía por la “Quinta El Paraíso” salió a la puerta D. Fermín Cusicanqui con su esposa, pero el carro no se detuvo, ellos comentaron la negligencia del conductor y siguieron su camino junto al tranvía intercambiando saludos con Don Julio. Cuando el tranvía se hallaba aproximadamente a escasos metros de la cascada más allá del puente, notaron con extrañeza que el coche pasó a una velocidad fuera de lo normal, del carro cayo hacia afuera un chico.


También notaron que el motorista y el conductor daban vueltas las manivelas y pasaron dos cuadras más o menos y el tranvía salió de las rieles, patinó un buen trecho fuera de la línea y cayó irremediablemente al precipicio desmoronándose entero en un lugar donde se asentó estrepitosamente con el techo abajo y las ruedas encima. Los dos jinetes picaron sus caballos hasta llegar al lugar donde vieron un espectáculo que los lleno de espanto, el carro se hallaba deshecho, un silencio sepulcral hizo que no se notara el mas mínimo signo de vida, la corriente del riachuelo se oía a la distancia, este hecho motivo a los hermanos Gonzales Quint dirigirse a galope en busca de auxilio. Según relatos hechos posteriormente por los protagonistas del suceso que se hallaron con vida dentro del tranvía, el descenso hasta el primer puente fue normal y llegaron hasta la gruta con tranquilidad, allí según presumen el motorista recordó la orden de acelerar el tráfico, hecho que lo indujo a apresurar la máquina en una carrera que habría de terminar lamentablemente en un desastre. 

Este luctuoso acontecimiento conmovió a toda la población, causó siete muertos y 19 heridos. La Sra. Esprella logro salir de entre los escombros. D. Julio Arauco tuvo fuerzas para levantar algunas piezas más las pesadas maderas lo desvanecieron. Los Socios del Bolivian Tennis Club fueron los primeros en llegar al lugar del desastre y auxiliaron a los pasajeros, la escena era desgarradora, un montón de piedras y trastos retorcidos, cristales hechos trizas, provisiones de los pasajeros derramados por todo lado, la sangre de las victimas daba un tinte desolador a este cuadro desgarrador. La solidaridad de los paceños no se hizo esperar. Se iniciaron brigadas de auxilio y muchas de las victimas pudieron salvar sus vidas gracias a la pronta intervención de los rescatadores. La Familia Arauco Prado fue atendida en la Clínica de los Dres. Aramayo, Nicanor Barcarcel y su hijo también. El Dr. Claudio Sanjinés declaro que el estado de los accidentados era muy grave pero con esperanzadas tendencias a mejorar. El niño Eduardo Arauco sufrió múltiples contusiones en la caja torácica presentaba un estado de seria gravedad, felizmente se mejoró al igual que D. Nicanor. El periódico “El Liberal” organizo una colecta para socorrer a los damnificados de pocos recursos que iban en 2da. Clase. La Federación de Estudiantes de La Paz resolvió declararse en duelo y organizo un “mitin” después del entierro para presentar “un pliego in extensis” exigiendo a las autoridades se pague una indemnización a las víctimas del trágico accidente. El Teatro Princesa dio esa noche una función a beneficio de ellas, poniendo en escena un programa selecto a cargo de la compañía de ballet “Rousses”.


 Isabel Velasco.


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31 de mayo de 2020

UN ROBIN HOOD CRIOLLO


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Domingo Navarro, alias “El Correvolando”, fue desde muy niño un hábil y escurridizo amigo de lo ajeno quien por el año de 1900 tuvo en “jaque” a la policía de nuestra ciudad.

Su fama de ladronzuelo repercutió de uno a otro confín. Su audacia para trasladarse como una sombra perdida en la oscuridad de la noche hicieron de este personaje novelesco y misterioso un sujeto inolvidable, no solo por la sutileza de su ingenio, sino también porque habiendo consagrado su vida al robo, jamás cometió un “crimen de sangre”.  Él combinaba su habilidad para apoderarse de los bienes ajenos con una inclinación innata para aliviar la miseria humana allí donde la encontraba, constituyendo su principal característica el placer inefable que decía experimentar al convertirse en declarado protector de los desheredados, siendo así engrandecido por la fantasía popular y objeto de las simpatías y admiración de los pobres que tenían en el a un osado defensor. 

Este Robín Hood criollo distribuía el fruto de sus latrocinios entre los pobres de la ciudad siendo así uno de los personajes más requeridos y recordados de aquellos tiempos.

Dicen que era un hombre fuertemente constituido y dotado de una agilidad que justificaba su popular nombre de guerra, de estatura mediana, moreno y de ojos negros y vivaces. Insinuante y comunicativo se expresaba con soltura y un invencible gesto de ironía realzaba el aplomo que no hubo de abandonarlo ni en las más difíciles circunstancias. Hallaba amigos e inspiraba simpatías donde quiera que posara su planta al punto de que en todas partes hallaba un albergue contra las persecuciones de la policía.

Un robo novelesco y audaz era en todas partes la señal inequívoca de su presencia, pues retaba osadamente a la justicia dejando en el teatro de sus fechorías un recibo suscrito de su nombre y otorgado en favor de su propia víctima.


Entre las múltiples historias del Correvolando está el Asalto a la Bettiger Trepp Company cuyos asientos mineros se encontraban en la localidad de Araca. Un día se anoticio de que los directivos de la compañía mandaban una remesa de dinero suficientemente grande para cubrir los gastos de sueldos, salarios y pulpería de los mineros, oficinistas y obreros. Para este atraco el Correvolando trazó su plan perfectamente y acompañado de sus “compinches” se fue a esperar la diligencia, la cual hacia su viaje de La Paz a Araca y en un recodo del camino, enmascarado sorprendió a los viajeros.  Después de haberse apoderado del dinero, los puso contra el paredón y en vez de matarlos les extendió un recibo con su firma el cual decía: “He recibido de la firma Bettiger, Trepp Co. la suma de 5.000 bolivianos a cuenta del dinero que Bettiger debe a los pobres por tanta riqueza que explota” Firma: El Correvolando.

Cuentan que justamente después de este robo, la mañana del  25 de diciembre de 1902 se presentó en el patio del antiguo Hospicio de niños huérfanos de San José elegantemente vestido con tarro y bastón, saludó a la Madre Superiora diciendo ser un acaudalado minero, hizo pasar al patio del Hospicio una legión de diez mulas cargadas con grandes bultos repletos de golosinas y ropas fruto de su robo a Bettiger y Trepp  y repartió todo entre los niños en medio de gran alborozo y lágrimas de felicidad.

Privado de todo conocimiento e instrucción el “Correvolando” se convirtió en un benefactor sentimental de las multitudes y suspendido su espíritu inculto entre el delito y el ideal humanitario, pretendía absolverse a sí mismo de sus culpas invocando el hecho real de que robaba a los ricos para beneficiar a los pobres.

Un 13 de junio del mismo año apareció una gran cantidad de dinero en la alcancía del “Cepillo de San Antonio” de la Basílica de San Francisco, suma más que suficiente para beneficiar a todas las familias pobres que no pedían limosna y recibían ayuda de los padres franciscanos.  En ese Día de San Antonio los sacerdotes se encontraron con varios sobres con la firma del Correvolando. 

Perseguido por la justicia por sus delitos, se veía siempre huyendo de un lugar a otro, la gente le tenía un escondite para cuando escapaba  fue apresado y procesado en Uncia, remitido al Panóptico de La Paz, de donde consiguió evadirse para caer nuevamente en la población de Ayo Ayo logro huir disfrazándose con el capote del guardia. Sabiendo después que el centinela recibió 500 latigazos por esta falta, lo busco y le devolvió su capa y 500 bs. Uno por cada azote que le habían dado.

Al fin se nublo la estrella de su suerte y en 1903 después de haber robado una mula a un mercader austriaco en el Tambo Quirquincho se fue a dormir tranquilamente. No falto un soplón que aviso al gringo que el Correvolando rondaba por ahí con mula y todo y en un episodio de película el austriaco se enfrentó con el Correvolando mas la mula y le disparó un tiro de revolver en el pecho, dejándolo instantáneamente muerto.

Así acabo la turbulenta vida de aquel ladrón famoso que según decían se había consagrado a proteger al pobre sin haber manchado jamás sus manos con una gota de sangre y fue el primero en romper la tradición de que era imposible evadirse del Panóptico de La Paz.


Isabel Velasco




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27 de mayo de 2020

SACRIFICADAS MADRES DE ANTAÑO


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Hernando Siles, uno de los más recordados gobernantes de nuestra patria, fue quien, con sabiduría instituyó por decreto de 8 de noviembre de 1927, al 27 de mayo como el Día de la Madre, en honor a las grandes mujeres cochabambinas que lucharon en defensa de la libertad de nuestra nación; las siempre y eternas “Heroínas de la Coronilla”.

Las abuelas de los recuerdos no celebraban el “Día de la Madre”; todos los días eran de ellas.  Según nuestras costumbres antiguas, los hogares se formaban bajo el alero de la casa familiar, donde la reina absoluta era ella encargada de mantener a sus hijos unidos, administrando y disponiendo de la mejor forma de bienes y haciendas y estando siempre lista para proteger, aconsejar y guiar a sus hijos y nietos. El respeto hacia los mayores, en esos tiempos de oro, era norma y costumbre generalizada, la madre era una especie de soberana que decidía lo que se debía y no debía hacer. Las grandes casonas solariegas de antaño cobijaban a los hijos a medida que se casaban en sectores bien distribuidos, dispuestos con antelación, compartiendo entre todos salones y comedores vivían familias enteras en un ambiente de alegría y unión tanto material como espiritual.

¡Benditas madres de antaño! Cuya única preocupación era la de ver crecer a sus niños sanos, robustos y “rosados”, bien educados y estudiosos, especialmente de la Gramática Castellana y del Santo Catecismo. Ellas compartían la educación de sus hijos con los maestros, los cuales se caracterizaban por ser muy estrictos, mas ellas jamás les reprochaban pues…los profesores siempre “sabían lo que hacían” y por el “bien del niño”.
Eran expertas en el arte culinario, en el bordado, tejido, zurcido invisible y todos los trabajos del hogar, no se hacían problemas al cocinar en un fogón de leña en una cocina “Económica” en un anafe “Primus”, eran felices planchando y almidonando los cuellos y puños de las camisas de sus esposos e hijos con pesadas planchas que calentaban con carbones encendidos o en la hornilla. Cosían sus vestidos y el de sus hijos pedaleando con fuerza una “Singer” de última moda. Increíblemente se daban tiempo armando los “canelones” batallando con el “bucleador” o trenzando y desenredando esas bellas cabelleras de antes.

Estas increíbles madres de antes  la pasaban muy bien y se daban tiempo para escuchar sus discos favoritos de “78 revoluciones por minuto” en victrolas a cuerda RCA Víctor. Escuchaban y bailaban la música de moda "Titina My Titina”, Madreselvas en Flor, Francesita, Tarde Gris, Late un Corazón, Inspiración Mein Lieber Augustin, Oh Paris, El Carrillón de la Merced, El día que me quieras, La Pobre Fea, Merceditas y muchísimas más.

Asistieron al  Teatro Paris, al Princesa, al Cervantes al Roxy y al Imperial, soñaron con Rodolfo Valentino, Eddie Nelson, José Mujica, Ronald Reagan, Tyrone Power, Frederick Marsh, Johnny Weissmuller y Carlitos Gardel. Se vistieron y peinaron a la moda de  Jeannette Mac Donald, Carol Lombard, Dolores Costello, Marlene Dietrich, Greta Garbo, Bette Davis. Hablaron y comentaron los grandes films recién llegados: El Árabe con Ramón Navarro y Alicia Terry, Pasionarias, con Charles Farell y Greta Nissen. La Calle del Pecado con Emil Jannings,  Sangre y Arena con Tyrone Power y muchos más.

A parte de ser “hacendosas” amas de casa fueron excelentes farmacéuticas, para ellas su “botiquín” era el tesoro más preciado y ellas conocedoras de cada caso, hacían uso de todo lo que contenía. Para los dolores agudos de vientre de oídos o de muelas, nada mejor que unas gotas de “láudano”. Para un empacho gástrico: tintura de ruibarbo o de “cascara sagrada”. No podía faltar un frasco de amoniaco, tintura de árnica, yodo, sales inglesas, bicarbonato, leche de magnesia, aceite de ricino, “Emulsión de Scott”, y hierbas para mates y tisanas.  Esas madres curaban todo, además tenían de aliados a toda la “corte celestial”. Para el dolor de cabeza una oración a Santa Ludvina, el dolor de muelas Santa Polonia, Santa Gertrudis para el mal de corazón, Santa Tecla para la boca torcida, Santa Lucia para los ojos, San Blas la tos, Santa Lucrecia el asma, Santa Engracia el hígado, San Pantaleón curaba las almorranas, San Valentín el estreñimiento, El Tata Santiago el reumatismo, San Ramón “candadito en la boca” para los mal hablados. Y así entre cataplasmas, ventosas, sinapismos,  fricciones y kakoradas combatían los resfríos, coqueluches, toses y catarros.
Jamás de quejaron de “stress”  ni tensión nerviosa, el rezo del Santo Rosario era suficiente para poder calmar las ansiedades.


Hay mucho más para el recuerdo de esas valientes mujeres quienes con el corazón sangrando despidieron a sus hijos a la guerra, coraje, valor y estoicismo de las madres bolivianas. ¡Dios las bendiga!


Isabel Velasco.



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22 de mayo de 2020

LOS ÁNGELES DE LLOJETA


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El suceso que estoy a punto de narrarles quedo grabado en todos los corazones de la ciudadanía paceña de los tiempos de los abuelos ya que los causales del mismo promovieron hondos pesares de culpabilidad, no solo en los grupos cercanos de las víctimas, sino también en todos los ámbitos sociales de nuestro pueblo. En esos días todavía en La Paz no se conocían los hechos de violencia, las pandillas, la droga, la pornografía y todos esos males que hoy aquejan a nuestra sociedad y están causando graves situaciones de inseguridad y desaliento.

El 2 de mayo de 1958 presentaba un domingo lleno de sol. En la placidez del ambiente en todos los hogares paceños se habían dispuesto desde muy temprano los ajetreos dominicales que comenzaban con la asistencia de toda la familia a la Santa Misa. Eran tiempos en que los jóvenes asistían al acto dominical celebrado en todos los establecimientos católicos donde estudiaban. Así pues los colegiales a su deber con Dios en el colegio y la demás familia a su parroquia, luego la tradicional matinal en los cines favoritos de la juventud paceña de ese entonces: el Seis de Agosto, el Princesa, el Cine La Paz, el Tesla, para concluir la mañana felices y contentos en el paseo del Prado, después de una pasadita por la salteñería más concurrida que en esa época era la famosa del final de la Avenida 16 de Julio “El Prado”, la inolvidable “El Tokio”. Mientras esta juventud sana y tan alegre de esos años daba vueltas y vueltas alrededor del Prado, risas van risas vienen, coqueteos, cadetes y margaritos, nadie ni por un minuto sospechaba que, en el lejano barrio de Sopocachi, por las serranías de Llojeta, se estaba llevando a cabo un drama sin precedentes enmarcado en la desesperación más profunda. El hecho, sin lugar a duda, habría de causar hondos sentimientos de dolor en toda la población.

Gaby Rodas C., pequeña niña de 14 abriles, Remy Sánchez R. y Martha Angulo B. ellas dos menores en un año, amigas inseparables, lindas niñas compañeras de estudios del Liceo La Paz, ese domingo particularmente, según lo expresado por sus padres, se arreglaron extrañamente con singulares detalles de pulcritud, vistieron sus trajes nuevos y se peinaron con excesivo cuidado, este rito no llamo la atención de los señores Roda, Sánchez ni Angulo, ya que por ser domingo de paseo en el Prado era de esperarse que estuvieran lindas, sin embargo lo que si los hizo pensar un poco fue el hecho de que lo hicieron lentamente, tristes y con cierto aire de melancolía. Nada comparado con otros domingos en que este afán se lo realizaba con prisa y a las “volandas”. Más aun el detalle de que se despidieran con expresivo cariño…algo que según declaraciones posteriores de los padres “les llamo profundamente la atención”. Las tres niñas salieron de su casa a las 9:30 de la mañana, tal parece que su proyecto estaba muy bien planificado, con rumbo seguro se dirigieron a la Misa de San Francisco, ese domingo oficio el Sacramento el Reverendo Fray Cadima, padrecito muy conocido y querido por los jóvenes por su condescendencia, amistad y comprensión.

Terminado el oficio religioso, Fray Cadima entró como de costumbre a la Sacristía, al lado del altar mayor de la Basílica comenzó el ritual de cambio de sus vestiduras sagradas por las del hábito del Seráfico de Asís…mientras lo hacía…vió preocupado como en la puerta de la Sacristía tres niñas lo esperaban con atención, las miró y ellas se le acercaron con una devoción conmovedora, Cadima vio lágrimas en sus ojos y les preguntó la causa de su pena, el por qué de esa angustia tan desgarradora. Remy, Gaby y Martha le pidieron la bendición llorando.

Luego le explicaron que habían acudido a la Virgen de Copacabana, pues “se encontraban mal en sus estudios”. El Reverendo conmovido, como después declaró, les dió la bendición con agua bendita, les aconsejó, reflexionó y las despidió pidiéndoles que tuvieran fe en la Santísima Virgen de Copacabana. Dice que al salir de la Sacristía el Padre Cadima acompañado de un grupo de monaguillos sintió que se le salía el alma del cuerpo y un escalofrió de terror cruzaba todo su ser, vió a las tres señoritas postradas al pie de la Virgen, espero unos quince minutos consternado y las vió salir con las cabezas bajas, sumidas en los más tristes pensamientos.

Acostumbrado el reverendo a ver estas escenas de amor hacia la Virgen, se recogió al convento y volvió a sus quehaceres. Esta fue la última vez que alguien las vio juntas, las tres tenían un rumbo y su viaje era sin retorno.

Tomaron el Colectivo “Dos” emprendiendo ruta hacia la localidad de Llojeta subieron los cerros sin titubeos, ¡macabra excursión!

Por esos años se daban los exámenes finales a principios del mes de noviembre los alumnos que no se habían preparado bien, sin más remedio debería ir a “desquite”, este era el severo castigo por no haber estudiado durante todo el año escolar, tendrían que hacerlo en las vacaciones las que generalmente duraban tres meses, es decir 90 días de estudio, ni soñar con divertirse, lo que desgraciadamente tenían que soportar para luego dar el examen y así salvar el año escolar o en su defecto terminar en un humillante aplazo, al parecer las niñas de nuestra historia se habían aplazado también en el “desquite”.

Los que leen estas líneas se deben acordar que un “aplazo” en la vida de un estudiante de antaño era la antesala del infierno, mucho más comunicar a los padres la noticia, ya constituía una tortura que decididamente se cambiaba con mucho gusto con la mismísima muerte.

Es de imaginarse qué pensarían sus almas blanquísimas, su innegable inocencia, tres meses tuvieron que esperar para este acto inquisitorial, qué terribles ideas pasaron por sus mentes, qué sueños les atormentaron, ¡nadie jamás lo sabrá! La rigidez, incomprensión de sus padres, maestros, amigos pretensiosos y otros factores hicieron que nuestras tres palomas blancas, tomaran la trascendental decisión de quitarse la vida, confeccionando un plan que las llevaría al fatal trance, el cual terminaría con todos sus sufrimientos.

Según dos cartas escritas por la menor de ellas, Gaby, antes del domingo 2 de mayo de 1953, registradas en la prensa de esos tiempos, delatan que el suicidio era lo “único que les quedaba” y pedían a todos perdón y comprensión.


Escribo estas líneas con un dolor incontrolable ya que yo también supe lo que era sacarse un “cuatro” y que decir de un “tres” con tinta roja en la libreta. Por supuesto como expresé anteriormente “eran otros tiempos” en los cuales existían valores diferentes, respeto, convencionalismos que hoy en día están totalmente perdidos.

¿Qué extraños misterios, atracciones, enigmas se encierran en los cerros de Llojeta? ¿Por qué estos son escogidos siempre por los desesperados para terminar sus tribulaciones? ¿Qué ocultos sortilegios, vibraciones existen es esos riscos de tanta belleza? Es algo enigmático. Llojeta fue el escogido por las tres niñas, ¿qué pasó cuando subieron los cerros? ¿Charlaron sobre sus vidas? ¿Se contaron cosas de chicas? ¿Echaron a la suerte sus vidas? ¿Marcharon sin titubeos? …con ellas se fueron las respuestas.

Tres disparos, solo ellas ante la inmensidad de la muerte, nadie acudió al trágico escenario, tres balazos de una Smith Wesson segaron la vida de estas pequeñas inocentes, cuando recién abrían sus corazones al futuro a lo bello y amargo de la realidad de este mundo. Gaby y Martha presumiblemente se habían parado al borde del barranco para caer después del impacto, se las encontró junto a la rivera del rio que atraviesa el profundo risco. Remy la menor con una sangre fría increíble se había auto eliminado, su cuerpo quedo en la orilla del farallón, un precipicio de cincuenta metros.

Ante la misteriosa desaparición de las jovencitas, los padres iniciaron la búsqueda, avisaron a las autoridades y la noticia se difundió rápidamente. Sus amigas del Segundo de Secundaria del Liceo La Paz contribuyeron a la búsqueda, la policía se hizo cargo de las pesquisas y todo lo que acostumbra en estas situaciones. La Angustia de los padres era incontrolable, sin embargo, pronto se supo la triste nueva de que las niñas se habían suicidado en Llojeta, determinando que en la mañana del domingo 2 de mayo, una de ellas cogió el revolver Smith Wesson calibre 32 No.17750 de propiedad de Máximo Sánchez, tío de una de ellas, que fue encontrado junto al cuerpecito de Remy.


La noticia corrió como reguero de pólvora, toda la población se consterno con el hecho, el sepelio fue doloroso y multitudinario. Tres urnas blancas transportaban sus restos al Cementerio General en medio del llanto general de centenares de alumnas del Liceo La Paz y otras representantes de otros colegios, miles de ramos blancos acompañaron el triste desfile, nunca antes en La Paz se vió una demostración tan sincera de dolor. Así fue la despedida de los tres ángeles que desde los cerros de Llojeta levantaron vuelo para siempre.

Isabel Velasco
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18 de mayo de 2020

LA ROSALIA Y EL MARISCAL


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En el antiguo barrio de la Riverilla, segunda cuadra de la calle Juan de la Riva, en la casa marcada con el No. 249 nació y vivió Rosalía Cortez y Silva, una bella y encantadora muchacha perteneciente a una familia de estirpe española de respeto y reputación, conocida en La Paz con el sobrenombre de “Los Marotos”.

 Fueron sus padres don Juan Cortez y García español y su madre Teresa Silva nacida en La Paz. Dña. Antonia Cortez y García, tía carnal de Rosalía, era esposa del Tte. Gral. y Brigadier español Rafael Maroto, quien en 1818 fue nombrado por el Rey Gob. Intendente de la Provincia de la Plata y Presidente de la Real Audiencia de Charcas con el título de Conde de la Casa de Maroto.

De esta familia de godos y realistas procedía Rosalía, la misma que como burla del destino se entregó en cuerpo y alma al vencedor de los peninsulares en Ayacucho, el Gran Mariscal Antonio José de Sucre.

Pasados los 15 años de la contienda entre patriotas y realistas, cuando el triunfo coronó todo sacrificio, llegaron los días gloriosos, las dichosas jornadas de la proclamación de la nueva república y el júbilo al saber la noticia de la llegada de los libertadores a la ciudad de La Paz.

El 7 de febrero de l825, al llegar el Mariscal de Ayacucho entre los muchos agasajos y actos programados en su honor se realizó un “sarao” al que concurrió lo más selecto de la sociedad paceña. Entre el público femenino se vio a Rosalía Cortez y Silva encantadora y atractiva.

Para la llegada de Simón Bolívar, dice que en esos días en el Puente de Coskochaka, actual Plaza Vicenta Juaristi Eguino, se había levantado un enorme y grandioso arco adornado de flores, cintas, banderas rojas y verdes y en aquel atrio a la entrada de la Calancha de un lado a otro de las veredas se hallaba en formación combinada un grupo armonioso de bellas señoritas adornando con sus encantos el altar de la Patria recibiendo al Libertador. En medio de esas preciosas beldades relucía la presencia de Rosalía Cortez y Silva luciendo su juvenil hermosura, las señoritas acompañaban a la heroína Vicenta Juaristi Eguino.

Eran mediodía cuando la comitiva bajó por la calle del Panteón, actual calle Tumusla. Bolívar y Sucre, luciendo vistosos uniformes militares de gran parada, cabalgaban briosos caballos y junto a ellos estaban el guerrillero Miguel García Lanza, personalidades y jefes militares. Tan pronto como el cortejo llegó delante del portón de recepción, dicen que Dña. Vicenta le entregó la “Llave de Oro” con la que el Libertador abrió las puertas de la ciudad en la que se había lanzado el Primer Grito de la Independencia Americana el 16 de Julio de 1809 por don Pedro Domingo Murillo y los héroes de la revolución.

Estrechos, emocionantes y sinceros abrazos unieron los corazones de aquellos héroes: Bolívar, Sucre, Lanza y Eguino rodeados de las preciosas señoritas y en medio de ellas luciendo su belleza Rosalía Cortez y Silva, quien, entre los vivas y hurras del gentío, lucia imperturbable al lado del Mariscal.

A este agasajo siguieron otras fiestas a las que nunca faltó la silueta esbelta de la doñita Rosalía, siempre al lado de Antonio José, a punto que dicen que Bolívar le llamó la atención. La sociedad no pasó por alto estos devaneos amorosos del Mariscal, quien en su delirio cariñoso mandó al artista chuquisaqueño Manuel Tovar pintar el retrato al óleo de esta hermosa Rosalía.

Los comentarios pasaron por encima de la gloriosa espada de Sucre y de la impavidez y el descoco de la Rosalía. El pueblo ya no lo llamaba el Mariscal de Ayacucho sino le puso el sobrenombre de Mariscal Maroto.

En ese primer carnaval republicano, los ciudadanos votaron la casa por la ventana celebrando la liberación de la nueva patria de la colonia española y la juventud bailaba y cantaba en rondas y pandillas por calles y plazas un alegre huayñito o pasacalle:


“¿Dónde está el Maroto?

- En la Riverilla.

Buscando airampu pa’la tempranilla”.



Isabel Velasco.




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6 de mayo de 2020

INTRÉPIDOS AVIADORES GRINGOS



Eran las cinco y media de la deslumbrante tarde, llena de sol y de luz del sábado 17 de abril de 1920, cuando la población fue maravillosamente sorprendida con un espectáculo sensacional, al ver surcar por el límpido cielo paceño un aeroplano que, cuando menos se pensaba, apareció por la Ceja de El Alto, remontándose en majestuoso vuelo hacia el centro de la ciudad, por la plaza Murillo, El Prado y Sopocachi, torciendo al sudeste por Obrajes y perdiéndose luego en el horizonte, hasta donde no alcanzaba la vista.

La gente que había visto el aeroplano, aún incrédula no salía de su estúpor, pensaba que todo había sido un sueño, cuando como para determinar que el hecho era real, apareció nuevamente el hermoso artefacto por la zona central, donde hizo arriesgadas pruebas de acrobacia área. Descendió a gran altura para luego bajar a toda velocidad en espiral, ante los gritos espantados del azorado público, preparado para una inevitable caída sin remedio. Unos se tapaban los ojos, otros gritaban ¡se challpa! Y de pronto el aparato a punto de tocar tierra, nuevamente se volvía a elevar, dando volteretas y ejecutando perfectos “looping the loops” que todos miraban lelos y boquiabiertos, con los ojos saltados de asombro en el azulado firmamento de Chuquiago Marka.

Todos los paceños salieron disparados y alborotados hacia las calles, no quedó uno en las oficinas, tiendas, almacenes, fábricas y talleres; la gente correteaba de una a otra parte para ver mejor ese espectáculo tan extraordinario. Las ventanas y balcones, las azoteas y terrazas estaban llenas de personas que torcían el cuello de un lado a otro para ver mejor las idas y venidas del aeroplano, el cual surcaba los cielos manteniéndose en el aire, cual libélula con sus alas plateadas y transparentes al reflejo de la luz del sol en una demostración maravillosa.

El Gobierno de ese entonces, cuyo presidente era don José Gutiérrez Guerra, tuvo el honor de marcar el paso gigantesco de la aviación para la Patria. Don Julio Zamora, Ministro de Estado de ese entonces, fue enviado a Estados Unidos a estudiar la fase inicial de la compra de un avión y la contratación de un aviador, más un copiloto. La gestión culminó con éxito y se adquirió en la casa americana Curtis un triplano dotado de un motor “Wasp”, con capacidad de 400 caballos de fuerza, de 12 cilindros, seis por lado.

El aviador Donald Hudson fue contratado junto a su mecánico Robert Albough y ellos fueron los que señalaron desde el aire el progreso infinito de la aviación nacional. Llegada la máquina, aviador y copiloto a Bolivia, se procedió a la construcción de un hangar y la pista en El Alto de La Paz, bajo las instrucciones del Ing. Militar Heredia Villarroel.

Así fue como el primer avión hizo el magnífico vuelo ese sábado 17 de abril, haciendo delirar de emoción al pueblo paceño.

A las ocho de la noche, el pueblo lleno de gozo se arremolinó en las calles, plazas y avenidas, en todo el trayecto de la bajada de El Alto, Cementerio, Garita de Lima, Coskochaka, América, Evaristo Valle, Pérez Velasco hasta la Comercio para recibir y felicitar al galante aviador y a su copiloto. Después de tributarles apoteósica bienvenida se los condujo en hombros hasta la plaza Murillo en una masiva y colosal manifestación de gratitud y admiración. La muchedumbre era tal que no cabía ni siquiera en las calles un alfiler, toda la Comercio estaba atestada de pared a pared, muchas ventanas se rompieron, la gente apretujaba. En la plaza Murillo oleadas humanas causaron muchos contusos, asfixiados y heridos, se perdió cantidades de zapatos y muchos fueron llevados a la Asistencia Pública por sofocación.

Era natural y lógico el entusiasmo popular ante un espectáculo maravilloso y un hecho tan singular, una nueva era se abría para el progreso nacional, cuando en ese entonces ciertas autoridades, militares y civiles se oponían tenazmente a la aventura del vuelo de aviones, sosteniendo la inutilidad de los riesgos de la aviación en las alturas altiplánicas. Se comentaba con prodigalidad sobre los antecedentes y tentativas que hicieron aviadores que de tales nada tenían.

Muchos “aviadores” de ese entonces no habían ni siquiera podido elevarse a cuatro metros, pero eso sí se hicieron la “América” con las contribuciones del comercio, la industria, la municipalidad y el pueblo, el cual entusiasta y ávido de ver volar un aeroplano, colaboró con sus donaciones y muy crédulo se congregó en el Alto, como en el caso de los chilenos, los hermanos Rapini, tristemente llamados después de varios intentos los hermanos Rapiña, luego de sus inútiles hazañas.


Isabel Velasco




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1 de mayo de 2020

DOS MIL PESOS POR EL CABALLO Y EL JINETE


Dicen que el Gral. D. José Ballivián era un mozo bien plantado, erguido, orgulloso e imponente.

Aquellos que fueron sus partidarios lo amaron con entrañable cariño y como él lo sabía, con el tiempo aumento su vanidad lo cual atrajo resistencia entre sus enemigos.

El personaje de esta historia tenía como pasatiempo salir de paseo, ya sea a pie o a caballo, cada tarde después de terminar su trabajo administrativo.

Salía de Palacio seguido por un brillante cuerpo de edecanes que se presentaban cada día con un uniforme de paño del mismo color al que llevaba Su Excelencia. Dicen que era un gusto ver ese sequito compuesto también de apuestos militares.

Un día salió de paseo a caballo y designo para esto un zaino que en la caballeriza se lo conocía con el nombre de Uchumayo, hermoso ejemplar de raza que había concurrido con el General a la gloriosa jornada del 18 de noviembre. De manera que Uchumayo era meritorio y muy considerado por sus servicios y por su edad. El hacía lujo y ostentación en sus movimientos, al parecer el orgulloso alazán se exhibía en las calles de tal manera que los paseanderos exclamaban “para tal jinete tal caballo”.

Un día salió el Presidente de Palacio con dirección a la Plaza de San Francisco y pasando por la calle Comercio encontró a un joven simpático pero inmóvil. Noto el general cierta indiferencia en el hombre y al pasar el por su lado no le hizo cortesía ninguna más bien le dijo con desfachatez:

 “Doy 2.000 pesos por el caballo y el jinete”.

El presidente rojo de cólera miro de pies a cabeza al intrépido comprador, lo midió en toda su humilde dimensión y picando su caballo dijo a uno de sus edecanes: “Indague quien es ese individuo”.

La noticia de la oferta circulo con rapidez por la ciudad, muchos ya lo creían soldado raso para el 5to de artillería. Otros auguraban un golpe de autoridad para el infeliz que había visto muy chico al toro y quiso hacerle un pase de muleta.

El joven era de buenas disposiciones intelectuales, había seguido con brillante éxito sus cursos de filosofía, matemática y derecho, luego hizo su práctica y rindió examen de abogado habiéndose recibido con un magnífico “examen sobre tablas”.

Su título de buen profesional sin embargo, no le dio cabida en el mundo abogadil en el cual reinaban unos cuantos jurisconsultos de experiencia y clientela y por más grandes merecimientos que hubiese tenido nuestro agresivo joven, los litigantes no lo buscaban para la dirección de sus causas.

Así pasó mucho tiempo entre fracaso y fracaso y según las informaciones que le dieron al presidente el pobre comprador dejo la práctica de las leyes y más bien se dedicó a empinar el codo poniendo en evidencia el cruel despecho de su triste situación.

Cuál sería el susto de el al recibir la orden de comparendo ante el Presidente de la república, para entonces ya se le habían disipado los vapores alcohólicos y solo recordaba vagamente algo de lo que había sucedido aquella tarde. No le quedo más que acudir a la cita en Palacio de Gobierno y se presentó ante en Gral. Quien lo recibió con esta interrogación:
Así que usted quería dar 2.000 pesos por el caballo y el jinete?

El pobre lívido vacilo un momento  y contesto:

-Excelentísimo Señor el individuo que ayer ofreció 2.000 pesos por el jinete y por el caballo se ha fugado esta mañana dejándome en su lugar lleno de vergüenza y humillación, me ha abandonado entre las prisiones del remordimiento, del oprimido y torturado por el inexorable juez de mi conciencia.-

-Joven ojala sea eterna la desaparición de ese individuo que lo conduce a usted por el camino del oprobio y el deshonor.  Los hombres de bien dominan con energía y voluntad los vicios y las pasiones.

Quiero decirle que el Gobierno quiere utilizar sus servicios y lo ha nombrado hoy Juez de Letras de la provincia Ingavi. Vaya Ud. Allí estudie como siempre y sea hombre útil para su país.-

Informado el Presidente de la Republica de las buenas intenciones y cualidades del joven abogado, se había cerciorado que la ociosidad le presentaba el camino del vicio, hizo las indagaciones con su Ministro de Justicia  Sr. Buitrago preguntando cual judicatura estaba vacante y ordeno que se extendiese el respectivo título a favor de él quien dicho sea de paso sirvió el juzgado a las mil maravillas llegando a ocupar cargos muy importantes y altos puestos en la magistratura y administración.

Qué tiempos aquellos en que el destino buscaba a los hombres basándose en sus conocimientos con justicia y sabiduría, felices épocas de autoridades enérgicas y sabias que gobernaron con la ley en la mano y se hacían respetar.


Isabel  Velasco.



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25 de abril de 2020

El Milagro del Tambo de Harinas

Dicen que allá por el año 1703 en la plaza de la iglesia de San Francisco desde 1555 cuando don Juan Ramón ejercía el cargo de Corregidor de la Ciudad de Nuestra Señora de La Paz se estableció el Tambo de Harinas primera casa de venta de maíz trigo quinua y cebada. En esta gran casona de varios patios se alojaban comerciantes criollos llegados del altiplano, especialmente de Copacabana, chapetones hidalgos, infinidad de aventureros llegados del Cuzco y Arequipa y forasteros de mala reputación.

Durante el día los enormes y amplios patios eran escenario del ruido de los comerciantes que vendían sus productos, los pesaban y regateaban en el más grande laberinto producido por negociantes y bestias que resoplaban y vociferaban al mismo tiempo. En medio de ese maremagno de gente de toda clase, indígenas, mulas y caballos existía como un oasis de paz y serenidad un zaguán donde se encontraba empotrada la Virgen de Remedios quien había sido patrona del lugar desde tiempos inmemorables, sin que nadie recordase quien allí la había puesto. Por la noche en una increíble metamorfosis este centro comercial se convertía en un sórdido garito de juego famoso por los personajes que lo frecuentaban, aventureros licenciosos tahúres de mala fama tipos de baja calaña mariposas nocturnas delincuentes y convictos que aprovechaban las sombras de la noche para jugar sus últimos centavos, robarse mutuamente en las mesas de juego de esa casona destartalada y luego de tanto correr ir a dormir una buena noche con una de las prostitutas que allí se ofrecían.

Uno de los más asiduos concurrentes de ese antro era un tipo de mala estampa mafioso y pendenciero llamado Pizarro Cañizares, criollo natural de Copacabana, quien diariamente trabajaba lavando oro en el rio Orchojahuira  de ahí al atardecer se dirigía ávido de lanzar los dados y armar una que otra trifulca al Tambo de las Harinas, donde era conocido y temido por todos.  Así jugador, buscapleitos y camorrero como era jamás se olvidaba de pasar delante de la virgen para decirle una oración, prenderle una velita de cebo y pedirle implorando ayuda antes de emprender una partida para jugar con buenos resultados. La bella efigie de la dulce  virgen parecía comprender las debilidades de su devoto y lo miraba con el mismo amor que una madre contempla a su hijo descarriado.

Mas sucedió que una noche de junio de ese año Pizarro Cañizares se hallaba en una noche de mala yeta pues la suerte parecía estar en su contra, el azar lo había abandonado por completo, durante toda la jornada la mala racha lo siguió sin descanso y vio cómo su bolsa de pepitas de oro mermaba. Finalmente vio como desapareció su bolsa del rico mineral reunido por el para esta suprema batalla por lo que experimento un vértigo y creyó que iba a caer. Con la cabeza aturdida y las piernas débiles por los tragos ingeridos fue a echarse sobre un banco de cuero que rodeaba una de las paredes del garito durante algunos minutos miro vagamente el gazapón clandestino donde había malgastado los más hermosos años de su juventud reconoció las cabezas descompuestas de los jugadores,  escuchando el ligero frotamiento del oro sobre los tapetes y el ruido tormentoso de los dados que rodaban y pensó que estaba arruinado y perdido.  Con esa angustia que invade a los jugadores se paró para conseguir dinero de donde sea, pues la noche era larga y todavía se podía recuperar, entonces atino solo en salir.  Paso por el zaguán donde se encontraba la Virgen de los Remedios y al verse frente a ella descargo toda su cólera ante la Santa Madre, profiriendo insultos y reproches, Exasperado y borracho saco un puñal del cinto diciendo “Y yo que te rezaba para que me ayudaras, te encendía una vela cada noche y tú me pagas así! Toma! Y furiosamente asesto certera puñalada en el rostro santísimo produciendo una enorme herida que empezó a sangrar abundantemente. No contento y con las chavetas totalmente descontroladas se abalanzo sobre el Nino Jesús que reposaba en los brazos maternales de la Virgen con la misma intención, pero ella en defensa de su niño levanto la mano y recibió la herida. Al ver esto el maldito Cañizares quedo tieso del susto. Se había producido un milagro! El no alcanzaba a comprender preso de la furia y borrachera que lo dominaban.

Los vecinos al oír las blasfemias, insultos de Pizarro vieron el milagro en todas sus facetas azorados y perplejos mustios de emoción gritaron Milagro! Precipitándose en estampida hacia el templo de San Francisco cercano al tambo, informaron sobre todo lo acontecido al Prior del Convento quien corrió hacia el lugar y vio con sus propios ojos como la virgen de los Remedio sangraba de la mejilla y de la mano, mostrando profundas heridas de puñal.
Mientras todo esto sucedía no muy lejos en la portería del Hospital de Mujeres sorprendió a esas horas de la noche la presencia de una hermosa señora que portaba un niño en los brazos, pidiendo atención medica de una herida en la mejilla y otra en la mano derecha que le sangraban abundantemente.  Como las heridas eran de consideración el medico de turno insistió en que la dama recibiera un tratamiento y le pidió que ingresara en el establecimiento cediéndola una covacha separada después que fue curada, entro en ella corriendo las cortinas y pareció que se hubiera acostado. En esos precisos momentos en el Tambo según los frailes franciscanos la cosa no tenía explicación se acaba de producir un portento más en los anales piadosos de la ciudad de La Paz, la noticia corrió como reguero de pólvora y los curas Juandedianos no tardaron en presentarse al lugar de los hechos con intención de llevarse al templo de San Juan de Dios la efigie de la Virgen ya que ellos eran los frailes hospitalarios cuya patrona era la Virgen de los remedios provocando así una división de criterios entre los curas que duró varias horas. La disputa entre unos y otros provoco la intervención del vecindario que se oponía a que la Virgen sea movida de su sitio intervino entonces la autoridad diocesana la cual resolvió conducirla al templo de San Francisco por ser el más cercano.

Al día siguiente muy temprano el portero del hospital que había estado toda la noche de  guardia frente a la puerta fue a la covacha de la enferma y no la encontró a pesar de que nadie había salido del establecimiento.

Averiguadas las cosas resultaba que se trataba de un milagro patente de la Virgen, los padres pudieron comprobar que la efigie se hallaba en su lugar y con las heridas curadas y en plena cicatrización.
De esta forma inmediatamente se confirmó el portento y con participación de la autoridad eclesiástica se hicieron los preparativos para que la efigie sea solemnemente llevada hacia el templo de San Francisco mas cuando ellos empezaron su trabajo para desprender el pedazo de muro donde se hallaba la Virgen vanos fueron sus esfuerzos cansados abandonados por las fuerzas veían con desolación que el muro no cedía dando más bien la impresión de que se fortalecía.

Correspondió entonces la intervención de los padres hospitalarios que pidieron probar también y cuando ellos lo hicieron la imagen no opuso la menor resistencia. Liviana como una luma se dejó llevar en solemne y triunfal procesión al Templo de San Juan de Dios, donde hoy se la puede contemplar en el Altar Mayor de esa colonial iglesia.

Isabel Velasco.


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