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16 de junio de 2020

LAS VALIENTES “MADRINAS DE GUERRA’


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Escuche muchas historias de la Guerra del Chaco, de personajes que estuvieron allí, de bolivianos que lucharon por el país, esta que estoy a punto de narrarles, es la que más me conmovió.

Hay instantes indescriptibles en la vida de un ser humano, hechos que no se pueden narrar ya que la emoción, esa sensación de miedo, euforia o incertidumbre que sintieron nuestros padres, abuelos y patriotas que amaron a Bolivia más que a ellos mismos al escuchar las noticias del estallido de la Guerra del Chaco, las sirenas, las campanas de los templos anunciando la misma no pensaron en otra cosa que en defenderla, son estos sentimientos que han quedado entre los recuerdos imperecederos de aquellos que los vivieron.

Ver a las personas corriendo hacia sus casas para llevar la noticia a sus familiares: “La guerra ha estallado”! dice que esa noticia sacudió el espíritu de toda una nación.

Fueron estos momentos en los cuales el valor y el patriotismo se confundieron en un solo anhelo: el “Servicio a la Patria”.

Así fue como el 14 de junio del 1932, ante lo inevitable se produjo el llamamiento a los reservistas que ya habían cumplido su servicio militar para que se presenten a los cuarteles.

En la ciudad de La Paz, el lugar de cita de toda la juventud convocada, la cual, sin distinción de clases sociales, acudió a presentarse, fue el Cuartel de Miraflores.

La sirena de “La Razón” se escuchaba de uno a otro confín de la ciudad, llamando a todos los jóvenes. Dicen que cada vez que se oía esa sirena, todos los muchachos de esa época temblaban de emoción y euforia, la convocatoria también producía en todos los hogares un gran sentimiento de patriotismo.

Todos querían ir a la guerra, la ansiedad en los jóvenes era incontrolable, los deseos de servir a la patria tan vehementes e indisolubles. Ante este hecho las madres sumidas en el dolor más silencioso y disimulado no podían hacer otra cosa que resignarse pues era BOLIVIA que necesitaba de sus hijos.

Con mayor razón en esa época en la cual estos jóvenes participaban de cualquier demostración callejera en contra de la nación que nos había agredido. En esos momentos no se sintió decadencia, solo el deseo abrasador de marchar al frente.

Todos deseaban ser los primeros y era tan grande el entusiasmo de esos muchachos, que hubo muchos que no habían cumplido la edad militar, no obstante, se presentaron para ofrendar su vida y sacrificio a la patria. De ahí tantos menores, casi niños, a quienes no los pudieron rechazar y que combatieron en el Chaco.

Cuantas madres, con el corazón hecho pedazos, demostrando un valor espartano, entregaron sus hijos, hubo algunas que despidieron hacia el frente cinco hijos, quien sabe más, nadie podía eludir esa obligación sagrada, todos estaban conminados a cumplir con su deber.

Después de haberse presentado en los cuarteles, los jóvenes salían de allí uniformados, con lo que la gente de esa época llego a llamar “la mortaja”, o sea el uniforme militar. Así llegaban a sus casas orgullosos y contentos, sin presentir el dolor contenido de sus madres y hermanas, los que disimulando las lágrimas tenían que arreglar los uniformes que no siempre eran bien confeccionados. Una vez que se habían “entallado” las chaquetas, subido las bastillas y recosido los botones, esos noveles soldados lucían bien “pijes “con sus “mortajas” a la medida.

Días antes de la partida al frente, comenzaban las despedidas e invitaciones que se ofrecían. No faltaba la nota social en la prensa que anunciaba los ágapes en honor a los conscriptos que se iban a la guerra, deseándoles mucha suerte y un regreso victorioso.

En esas circunstancias apareció la moda de nombrar “Madrinas de Guerra”, la cual fue copiada también por los paraguayos, estos nombramientos llegaron a ser una verdadera institución. Generalmente se nombraba “Madrina de Guerra” a la novia o a la “polola”, así como a una dama distinguida de la sociedad amiga de la familia.

Bien uniformados iban a visitar la casa de la “futura madrina”, donde eran recibidos con mucho cariño y consideración, después de los saludos de rigor, la tertulia obligada de la guerra, el regimiento al que debían pertenecer, se procedía a nombrar a la Madrina, nombramiento que no se podía rechazar, pues no era algo honorario sino que constituía un deber cívico, quien se iba a negar proteger aun cuando sea con sus oraciones y sus desvelos, a un joven que iba a defender el suelo que nos cobija, la patria amada que está en peligro.

Una MADRINA DE GUERRA se comprometía a escribirle, rezar por él, velar por su madre, por sus hermanas, visitarlas, acompañarlas. Era un compromiso ir a despedirlos a la estación, llevándoles flores, fotos dedicadas, escapularios, medallitas, detentes bordados, coca, dulces, cigarrillos y hasta un mechón de sus cabellos. Es de imaginarse la emoción y el dolor de esas valientes jóvenes quienes como Madrinas de Guerra demostraron su valor y entereza al despedir a sus novios o enamorados a una muerte casi segura, pues nadie tenía la certidumbre de que iban a regresar.

En esas épocas de la guerra, casi todos los días salía un destacamento, a veces dos, según el movimiento de los trenes la Estación Central se llenaba de gente, así como todas las calles de la ciudad.

Allí se producía el último abrazo. Muchos soldados no solo tenían una “madrina de guerra” y en la Estación se veían rodeados de jovenzuelas quienes los llenaban de halagos y recomendaciones. Al despedirse de sus madres recibían la bendición hincados, como un último testimonio de amor materno, algo que los habría de acompañar hasta su regreso.

El tiempo en la Estación Central pasaba volando, las recomendaciones, los abrazos no eran suficientes, las miradas de amor entre esposos y novios fueron eternas, queriendo retener los minutos, prolongar más la presencia del amado, inexorablemente sonaba el silbato de la locomotora que anunciaba la triste despedida, ahí temblaban los corazones, se estremecía el cuerpo de dolor…el ultimo abrazo y el adiós.

Difícil imaginarse el momento enternecedor y sublime, las lágrimas silenciosas preñadas de angustia rodaban por las mejillas de las madres, novias y madrinas, las esposas y hermanas disimulando el dolor oculto que apretaban en sus pechos.

Muchos valientes se hincaban para recibir una última bendición de sus madres, aquellas que los trajeron al mundo y ahora los devuelven:


“Adiós hijo de mi alma…si Dios quiere volverás, si no, nos veremos en el cielo…” El soldado conmovido con lágrimas en los ojos:

-Adiós madrecita amada, he de volver te lo prometo-

¡VIVA BOLIVIA CARAJO!

Y entusiastas se desprenden de los brazos de sus madres, de sus novias, de sus Madrinas de Guerra, suben al tren rápidamente a medida que lo hacen poco a poco se ven salir cientos de cabeza por las ventanillas y ellos alegres dicen adiós con las gorras del uniforme militar, las bandas de música se confunden con los hurras y vivas de la gente que grita emocionada y retumba en toda la estación.


Se escucha el sonido de la maquinaria que anuncia la partida del tren afloran los pañuelos blancos en el aire y las mujeres recién hacen saltar las lágrimas de toda la angustia reprimida en presencia de los hombres, en ese instante saltan los corazones, mitad del alma se va con ellos. A medida que avanza el motorizado se escuchan gritos emocionados de la muchachada que gritando se va: ¡¡Viva Bolivia!! ¡Ganaremos a los Pilas… Volveremos y triunfaremos!

Pausadamente se aleja el tren, luego más rápido, más rápido la locomotora se pierde en lontananza envuelta en una nube de humo, todos en la estación esperan hasta que se esfuma en la mirada, muchas madres en el andén han quedado postradas de rodillas con los brazos abiertos, sin soportar el dolor siguen con el alma en los ojos a la máquina que se pierde como un punto en la distancia.

-Se fue mi hijo…Dios mío! Quién sabe si lo volveré a ver-

El Soldado boliviano servidor de su patria se va a la guerra, orgulloso, altivo, lleno de júbilo. Si ellas pudieran verlos ahora en el tren candando:

“QUIEN TOCA LA PUERTA
YO SOY SEÑORAY VENGO A DESPEDIRME
AL CHACO ME VOY”



Fueron muchos los soldados que tuvieron Madrinas de Guerra, por todos los lugares donde pasaban o se quedaban, ya sea muchachas que habían conocido allí o allegadas a la familia. Ellas los ayudaron, los recibieron y despidieron, los confortaron, curaron sus heridas.

Fue preponderante en ese tiempo la labor de las madrinas tarijeñas, chuquisaqueñas y orientales, ellas los recibieron y los siguieron hasta la frontera, curaron sus penas y muchas se hicieron novias de ellos. En todo el territorio nacional por donde pasaron los destacamentos, estas mujeres valientes y heroicas no cesaron en sus cuidados, los alimentaron, animaron y con llanto en los ojos los enterraron.

Se encargaron de escribir noticias a las madres, contándoles que habían visto a sus hijos, que estaban bien, que se hallaban partiendo para otros lugares, muchas veces inclusive tuvieron la dolorosa misión de comunicarles que ellos habían caído en acción. Esta obra múltiple y compleja de la retaguardia, especialmente en la labor que efectuaron las señoritas “Madrinas de Guerra”, tuvo una eficiente labor de aliento, valor y entrega, la misma que vitalizo el corazón de los combatientes, sin ellas sus glorias aun siendo grandes no hubieran sido completas.

A todos los soldados, madres y madrinas bolivianos, les agradecemos. Son la gloria de la nación. Soldado reverente héroe anónimo, hijo del pueblo que al conjuro de la palabra mágica “BOLIVIA” diste tu sangre y tu vida a ti te saludamos héroe inmortal que defendiste denodadamente los más sagrados principios de justicia y libertad de nuestra nación, que, si bien perdió esa batalla, ¡jamás fue derrotada en su espíritu!

Tus proezas legendarias serán cantadas por los poetas y tu sombra vagara por las selvas y cañadas inmensas del Chacho, montara guardia por los siglos de los siglos en beneficio de nuestra patria.

A todas las mujeres benditas que perdieron hijos, nunca supieron donde fue enterrado y solo recibieron una carta del Comandante en Jefe del Estado. A esas mujeres que siendo “madrinas de guerra” acompañaron a los soldados, curaron sus heridas y sacaron sus pañuelos blancos para despedirlos en las estaciones del tren, ¡a esas que los siguieron durante la campaña GRACIAS! Mujer boliviana, fuerte, esposa, compañera, guerrillera, madre de familia, madrina, profesional y activista la historia dirá algún día cuan valiente fuiste, eres y lo serás.

Isabel Velasco



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13 de junio de 2020

SAN ANTONIO BENDITO


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La bella imagen de San Antonio que se venera en la Basílica de San Francisco llegó de España durante la época colonial ya acreditada de milagrosa.  Quienes la ven con atención sienten tiernos y amorosos afectos, su rostro angelical inspira los más puros sentimientos y desde aquellas lejanas épocas de nuestros tatarabuelos es Patrono de la Juventud Paceña.

Dice que desde aquellos tiempos del coloniaje las jóvenes acudían a verlo con ansias y anhelos vehementes para pedirle el milagro de  tener un novio guapo que luzca bien, si es posible un Adonis amoroso y de buen carácter; que tenga oficio y beneficio mejor aún con hacienda y mucho dinero, es decir el esposo ideal.  Por su lado los jóvenes se inclinan fervorosamente ante él para pedirle una linda y hermosa novia, hacendosa, virtuosa, una niña de su casa que no sea pizpireta, mucho menos coqueta, buena madre y gentil esposa. Una mujercita que sepa cocinar, coser, lavar y planchar para llevarla al altar.

En los tiempos de nuestros abuelos, no era muy difícil para el Santo hacer posible las peticiones de los jóvenes casaderos y enamorados, es por eso que el 13 de junio, fiesta de San Antonio, toda la juventud se preparaba con gran emoción para asistir a los festejos, los que se organizaban con gran algarabía en el templo de San Francisco.  Todos los devotos y muy especialmente las señoritas de esas épocas de oro del 1900 al 1940 esperaban con entusiasmo ese acontecimiento religioso para el cual los curitas franciscanos hacían lo posible a darle el mayor realce posible.

Esta fiesta se realizaba desde el primer día de junio hasta el 13 con todo el esplendor social posible. Toda la ciudadanía paceña se daba cita durante los trece días para rezar la tradicional “Trecena de San Antonio” y escuchar los sermones de los oradores de esas épocas.


La juventud de esos tiempos era elegante y para esta fiesta se arreglaban con especial interés, pues iban convencidos que allí mismo en la iglesia el santo les haría el milagro. 

Los “pijes” se situaban en las naves laterales del templo, para desde allí poder mirar a las muchachas acomodadas en la nave central acompañadas de sus padres y familiares.  Miradas van miradas vienen San Antonio desde su esplendoroso trono a un costado del Altar Mayor, comenzaba los milagros.  En efecto los jóvenes que de “antemano” habían “echado el ojo” a las dueñas de sus sueños, pedían vehementes al santo ser correspondidos y el milagro no se hacía esperar, pues ellas contestaban inmediatamente con una sonrisa escondida detrás de los velos, iniciando así un romance de miradas que indicaba “pololeo seguro”.  A todo esto los padres enfrascados en sus rezos, no atinaban a otra cosa que disimular, las madres haciendo girar entre sus dedos las cuentas del rosario y los caballeros retorciéndose los mostachos sin piedad.

Concluida la ceremonia, el gentío abandonaba el templo, los galanes se adelantaban en salir para posesionarse del atrio formando un callejón, a fin de ver la salida de las muchachas quienes pasaban delante de ellos en medio de un concurso de piropos y lisonjas dichas con toda mesura y elegancia.  Allí se producían los primeros encuentros con los padres, quienes saludados cortésmente por los petimetres no podían impedir la gracia de permitirles acompañarlos hasta sus casas.

Independientemente de estos oficios religiosos,  las misas y trecenas, las chiquillas escribían cartas a San Antonio las cuales eran entregadas al sacristán para que el las depositara a los pies del Santo, importantes misivas con ruegos y peticiones como la siguiente:

“San Antonio milagroso yo te pido con fervor un esposo cariñoso con dinero y mucho amor”.

No existía casa en toda la ciudad que no poseyera una imagen del Santo con una vela prendida constantemente durante los trece días del mes de junio, ya sea pisando cartas o con la imagen de cabeza  hasta que se produjera el milagro de una relación. Para las jovencitas a las que “más o menos ya las estaba dejando el tren” San Antonio era la esperanza, el consuelo y el receptor de sus angustias, oraciones y también castigos.

Durante los días que antecedían a la fiesta del Divino Antonio el templo de San Francisco siempre se encontraba lleno  hasta después de la trecena, en esos tiempos no existía abogado con más clientela en la Basílica que el bendito Antonio.  Los jóvenes de esas épocas escribían cartas las hacían bendecir y le rezaban con fervor.

La fiesta de este santo fue para nuestros padres y los padres de ellos un acontecimiento de esperanza, dignidad y elegancia. Una demostración del enorme sentir decente del pueblo, una festividad de significancia emocional de galantería y fineza de la juventud de entonces que nunca fue alterada ni ensombrecida  con leyes pues en esos tiempos la juventud conocía y practicaba la decencia y las buenas costumbres .


Isabel Velasco


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8 de junio de 2020

EL TRANVIA DE LA MUERTE


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El domingo 4 de marzo de 1923 muchos ciudadanos que poseían quintas y fincas en la Villa de los Obrajes viajaron a ellas para pasar el fin de semana, cambiar de clima y a la vez apreciar la naturaleza del lugar. Los hermanos Guillermo y José Luis Gonzales Quint ensillaron sus caballos y enfilaron hacia el lejano Obrajes en sus cabalgaduras. Don Julio Arauco Prado, distinguido ciudadano paceño, se atrasó esperando a sus pequeños hijos quienes obtuvieron permiso de salir de paseo con su padre “por ser primer domingo de mes” norma que regía en el internado de los Sagrados Corazones y tomaron el tranvía. 

A la hora designada para el descenso hacia Obrajes, el motorista Eusebio Urquizo fue notificado para dirigir el carro número 10 B, recibió la orden a regañadientes puesto que este vehículo ya anteriormente había presentado cierta relajación en los frenos y previno a sus superiores que era peligroso utilizar este carro, lamentablemente sus quejas cayeron al vacío, el inspector Asport manifestó a todos los conductores que “para rendir un servicio rápido se debían acelerar los carros”. Urquizo no pudo menos que entrar en trabajo y bajar hacia la Villa de Obrajes repitiendo el trayecto 3 de ida y 3 de vuelta. A las 11.20 a.m. el tranvía partió su viaje de bajada conducido por Urquizo secundado por Domingo Olivares, en sus manos las vidas de 20 pasajeros. Siete iban en primera clase, el Sr. Julio Arauco Prado con sus hijos Eduardo, Leonor y Adela, la Sra. Adela Loayza de Esprella y el Dr. Nicanor Barcarcel con su hijo Luis. En 2da clase viajaban 17 personas entre ellas gente de comercio, minoristas y agricultores del valle de la provincia Murillo. Los hermanos González Quint viajando a caballo vieron como al pasar el tranvía por la “Quinta El Paraíso” salió a la puerta D. Fermín Cusicanqui con su esposa, pero el carro no se detuvo, ellos comentaron la negligencia del conductor y siguieron su camino junto al tranvía intercambiando saludos con Don Julio. Cuando el tranvía se hallaba aproximadamente a escasos metros de la cascada más allá del puente, notaron con extrañeza que el coche pasó a una velocidad fuera de lo normal, del carro cayo hacia afuera un chico.


También notaron que el motorista y el conductor daban vueltas las manivelas y pasaron dos cuadras más o menos y el tranvía salió de las rieles, patinó un buen trecho fuera de la línea y cayó irremediablemente al precipicio desmoronándose entero en un lugar donde se asentó estrepitosamente con el techo abajo y las ruedas encima. Los dos jinetes picaron sus caballos hasta llegar al lugar donde vieron un espectáculo que los lleno de espanto, el carro se hallaba deshecho, un silencio sepulcral hizo que no se notara el mas mínimo signo de vida, la corriente del riachuelo se oía a la distancia, este hecho motivo a los hermanos Gonzales Quint dirigirse a galope en busca de auxilio. Según relatos hechos posteriormente por los protagonistas del suceso que se hallaron con vida dentro del tranvía, el descenso hasta el primer puente fue normal y llegaron hasta la gruta con tranquilidad, allí según presumen el motorista recordó la orden de acelerar el tráfico, hecho que lo indujo a apresurar la máquina en una carrera que habría de terminar lamentablemente en un desastre. 

Este luctuoso acontecimiento conmovió a toda la población, causó siete muertos y 19 heridos. La Sra. Esprella logro salir de entre los escombros. D. Julio Arauco tuvo fuerzas para levantar algunas piezas más las pesadas maderas lo desvanecieron. Los Socios del Bolivian Tennis Club fueron los primeros en llegar al lugar del desastre y auxiliaron a los pasajeros, la escena era desgarradora, un montón de piedras y trastos retorcidos, cristales hechos trizas, provisiones de los pasajeros derramados por todo lado, la sangre de las victimas daba un tinte desolador a este cuadro desgarrador. La solidaridad de los paceños no se hizo esperar. Se iniciaron brigadas de auxilio y muchas de las victimas pudieron salvar sus vidas gracias a la pronta intervención de los rescatadores. La Familia Arauco Prado fue atendida en la Clínica de los Dres. Aramayo, Nicanor Barcarcel y su hijo también. El Dr. Claudio Sanjinés declaro que el estado de los accidentados era muy grave pero con esperanzadas tendencias a mejorar. El niño Eduardo Arauco sufrió múltiples contusiones en la caja torácica presentaba un estado de seria gravedad, felizmente se mejoró al igual que D. Nicanor. El periódico “El Liberal” organizo una colecta para socorrer a los damnificados de pocos recursos que iban en 2da. Clase. La Federación de Estudiantes de La Paz resolvió declararse en duelo y organizo un “mitin” después del entierro para presentar “un pliego in extensis” exigiendo a las autoridades se pague una indemnización a las víctimas del trágico accidente. El Teatro Princesa dio esa noche una función a beneficio de ellas, poniendo en escena un programa selecto a cargo de la compañía de ballet “Rousses”.


 Isabel Velasco.


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6 de mayo de 2020

INTRÉPIDOS AVIADORES GRINGOS



Eran las cinco y media de la deslumbrante tarde, llena de sol y de luz del sábado 17 de abril de 1920, cuando la población fue maravillosamente sorprendida con un espectáculo sensacional, al ver surcar por el límpido cielo paceño un aeroplano que, cuando menos se pensaba, apareció por la Ceja de El Alto, remontándose en majestuoso vuelo hacia el centro de la ciudad, por la plaza Murillo, El Prado y Sopocachi, torciendo al sudeste por Obrajes y perdiéndose luego en el horizonte, hasta donde no alcanzaba la vista.

La gente que había visto el aeroplano, aún incrédula no salía de su estúpor, pensaba que todo había sido un sueño, cuando como para determinar que el hecho era real, apareció nuevamente el hermoso artefacto por la zona central, donde hizo arriesgadas pruebas de acrobacia área. Descendió a gran altura para luego bajar a toda velocidad en espiral, ante los gritos espantados del azorado público, preparado para una inevitable caída sin remedio. Unos se tapaban los ojos, otros gritaban ¡se challpa! Y de pronto el aparato a punto de tocar tierra, nuevamente se volvía a elevar, dando volteretas y ejecutando perfectos “looping the loops” que todos miraban lelos y boquiabiertos, con los ojos saltados de asombro en el azulado firmamento de Chuquiago Marka.

Todos los paceños salieron disparados y alborotados hacia las calles, no quedó uno en las oficinas, tiendas, almacenes, fábricas y talleres; la gente correteaba de una a otra parte para ver mejor ese espectáculo tan extraordinario. Las ventanas y balcones, las azoteas y terrazas estaban llenas de personas que torcían el cuello de un lado a otro para ver mejor las idas y venidas del aeroplano, el cual surcaba los cielos manteniéndose en el aire, cual libélula con sus alas plateadas y transparentes al reflejo de la luz del sol en una demostración maravillosa.

El Gobierno de ese entonces, cuyo presidente era don José Gutiérrez Guerra, tuvo el honor de marcar el paso gigantesco de la aviación para la Patria. Don Julio Zamora, Ministro de Estado de ese entonces, fue enviado a Estados Unidos a estudiar la fase inicial de la compra de un avión y la contratación de un aviador, más un copiloto. La gestión culminó con éxito y se adquirió en la casa americana Curtis un triplano dotado de un motor “Wasp”, con capacidad de 400 caballos de fuerza, de 12 cilindros, seis por lado.

El aviador Donald Hudson fue contratado junto a su mecánico Robert Albough y ellos fueron los que señalaron desde el aire el progreso infinito de la aviación nacional. Llegada la máquina, aviador y copiloto a Bolivia, se procedió a la construcción de un hangar y la pista en El Alto de La Paz, bajo las instrucciones del Ing. Militar Heredia Villarroel.

Así fue como el primer avión hizo el magnífico vuelo ese sábado 17 de abril, haciendo delirar de emoción al pueblo paceño.

A las ocho de la noche, el pueblo lleno de gozo se arremolinó en las calles, plazas y avenidas, en todo el trayecto de la bajada de El Alto, Cementerio, Garita de Lima, Coskochaka, América, Evaristo Valle, Pérez Velasco hasta la Comercio para recibir y felicitar al galante aviador y a su copiloto. Después de tributarles apoteósica bienvenida se los condujo en hombros hasta la plaza Murillo en una masiva y colosal manifestación de gratitud y admiración. La muchedumbre era tal que no cabía ni siquiera en las calles un alfiler, toda la Comercio estaba atestada de pared a pared, muchas ventanas se rompieron, la gente apretujaba. En la plaza Murillo oleadas humanas causaron muchos contusos, asfixiados y heridos, se perdió cantidades de zapatos y muchos fueron llevados a la Asistencia Pública por sofocación.

Era natural y lógico el entusiasmo popular ante un espectáculo maravilloso y un hecho tan singular, una nueva era se abría para el progreso nacional, cuando en ese entonces ciertas autoridades, militares y civiles se oponían tenazmente a la aventura del vuelo de aviones, sosteniendo la inutilidad de los riesgos de la aviación en las alturas altiplánicas. Se comentaba con prodigalidad sobre los antecedentes y tentativas que hicieron aviadores que de tales nada tenían.

Muchos “aviadores” de ese entonces no habían ni siquiera podido elevarse a cuatro metros, pero eso sí se hicieron la “América” con las contribuciones del comercio, la industria, la municipalidad y el pueblo, el cual entusiasta y ávido de ver volar un aeroplano, colaboró con sus donaciones y muy crédulo se congregó en el Alto, como en el caso de los chilenos, los hermanos Rapini, tristemente llamados después de varios intentos los hermanos Rapiña, luego de sus inútiles hazañas.


Isabel Velasco




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1 de mayo de 2020

DOS MIL PESOS POR EL CABALLO Y EL JINETE


Dicen que el Gral. D. José Ballivián era un mozo bien plantado, erguido, orgulloso e imponente.

Aquellos que fueron sus partidarios lo amaron con entrañable cariño y como él lo sabía, con el tiempo aumento su vanidad lo cual atrajo resistencia entre sus enemigos.

El personaje de esta historia tenía como pasatiempo salir de paseo, ya sea a pie o a caballo, cada tarde después de terminar su trabajo administrativo.

Salía de Palacio seguido por un brillante cuerpo de edecanes que se presentaban cada día con un uniforme de paño del mismo color al que llevaba Su Excelencia. Dicen que era un gusto ver ese sequito compuesto también de apuestos militares.

Un día salió de paseo a caballo y designo para esto un zaino que en la caballeriza se lo conocía con el nombre de Uchumayo, hermoso ejemplar de raza que había concurrido con el General a la gloriosa jornada del 18 de noviembre. De manera que Uchumayo era meritorio y muy considerado por sus servicios y por su edad. El hacía lujo y ostentación en sus movimientos, al parecer el orgulloso alazán se exhibía en las calles de tal manera que los paseanderos exclamaban “para tal jinete tal caballo”.

Un día salió el Presidente de Palacio con dirección a la Plaza de San Francisco y pasando por la calle Comercio encontró a un joven simpático pero inmóvil. Noto el general cierta indiferencia en el hombre y al pasar el por su lado no le hizo cortesía ninguna más bien le dijo con desfachatez:

 “Doy 2.000 pesos por el caballo y el jinete”.

El presidente rojo de cólera miro de pies a cabeza al intrépido comprador, lo midió en toda su humilde dimensión y picando su caballo dijo a uno de sus edecanes: “Indague quien es ese individuo”.

La noticia de la oferta circulo con rapidez por la ciudad, muchos ya lo creían soldado raso para el 5to de artillería. Otros auguraban un golpe de autoridad para el infeliz que había visto muy chico al toro y quiso hacerle un pase de muleta.

El joven era de buenas disposiciones intelectuales, había seguido con brillante éxito sus cursos de filosofía, matemática y derecho, luego hizo su práctica y rindió examen de abogado habiéndose recibido con un magnífico “examen sobre tablas”.

Su título de buen profesional sin embargo, no le dio cabida en el mundo abogadil en el cual reinaban unos cuantos jurisconsultos de experiencia y clientela y por más grandes merecimientos que hubiese tenido nuestro agresivo joven, los litigantes no lo buscaban para la dirección de sus causas.

Así pasó mucho tiempo entre fracaso y fracaso y según las informaciones que le dieron al presidente el pobre comprador dejo la práctica de las leyes y más bien se dedicó a empinar el codo poniendo en evidencia el cruel despecho de su triste situación.

Cuál sería el susto de el al recibir la orden de comparendo ante el Presidente de la república, para entonces ya se le habían disipado los vapores alcohólicos y solo recordaba vagamente algo de lo que había sucedido aquella tarde. No le quedo más que acudir a la cita en Palacio de Gobierno y se presentó ante en Gral. Quien lo recibió con esta interrogación:
Así que usted quería dar 2.000 pesos por el caballo y el jinete?

El pobre lívido vacilo un momento  y contesto:

-Excelentísimo Señor el individuo que ayer ofreció 2.000 pesos por el jinete y por el caballo se ha fugado esta mañana dejándome en su lugar lleno de vergüenza y humillación, me ha abandonado entre las prisiones del remordimiento, del oprimido y torturado por el inexorable juez de mi conciencia.-

-Joven ojala sea eterna la desaparición de ese individuo que lo conduce a usted por el camino del oprobio y el deshonor.  Los hombres de bien dominan con energía y voluntad los vicios y las pasiones.

Quiero decirle que el Gobierno quiere utilizar sus servicios y lo ha nombrado hoy Juez de Letras de la provincia Ingavi. Vaya Ud. Allí estudie como siempre y sea hombre útil para su país.-

Informado el Presidente de la Republica de las buenas intenciones y cualidades del joven abogado, se había cerciorado que la ociosidad le presentaba el camino del vicio, hizo las indagaciones con su Ministro de Justicia  Sr. Buitrago preguntando cual judicatura estaba vacante y ordeno que se extendiese el respectivo título a favor de él quien dicho sea de paso sirvió el juzgado a las mil maravillas llegando a ocupar cargos muy importantes y altos puestos en la magistratura y administración.

Qué tiempos aquellos en que el destino buscaba a los hombres basándose en sus conocimientos con justicia y sabiduría, felices épocas de autoridades enérgicas y sabias que gobernaron con la ley en la mano y se hacían respetar.


Isabel  Velasco.



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22 de abril de 2020

Y LLEGÓ EL TELÉFONO A LA PAZ


Ese pequeño aparato que en nuestros días ya no tiene la importancia que se le daba hace muchos años y fue suplantado por los celulares de hoy en día: el teléfono fue uno de los inventos más impresionantes del mundo, su origen presento controversia más este nuevo adelanto científico despertó la curiosidad de todo el género humano transformando el ritmo de vida de todos los habitantes de nuestro planeta.

En nuestro país, los paceños atentos al desarrollo de estos acontecimientos mundiales tuvieron que esperar hasta el año 1900 en que el Supremo Gobierno dio la autorización para la instalación de una empresa de teléfonos a Don Manuel Crespo, hombre emprendedor y visionario, quien tenía un establecimiento de negocios bancarios, comisiones y consignaciones, descuentos de letras en la calle Ingavi No. 19 a media cuadra de la Plaza Murillo. Inquieto y activo trajo la primera central telefónica a La Paz, ubicada en la calle Sucre, tendiéndose la red telefónica para su comunicación en una extensión de 110 kms de alambre colocados en postes por las calles de la ciudad.

El servicio se inauguró el 15 de octubre de  1901 con 62 teléfonos de los cuales 40 correspondían a las oficinas del gobierno y 22 al comercio y casas particulares. 

Fue en verdad un acontecimiento singular el cual despertó la curiosidad de todos cuantos querían conocer este hallazgo científico que comunicaba de palabra a uno y otro lado de la ciudad.  En la ceremonia de inauguración el martes 15 de Octubre, a las 11 de la mañana en presencia del Presidente D. José Manuel Pando, Ismael Montes, Benedicto Goytia, Lucio Pérez Velasco, Andrés J. Muñoz, Héctor Ormachea Presidente del Consejo Municipal, los munícipes Adolfo Gonzales, Daniel Sánchez Bustamante, Benjamín Torrelio, Nicanor Biruet, Nicandro Arguedas y varios otros connotados ciudadanos, señoras y señoritas de nuestro mundo social, todos anhelantes y deseosos de hablar por teléfono y escuchar la voz a la distancia.

El honor del estreno fue concedido al Gral. Pando quien haciendo la primera llamada desde el salón principal pidió comunicación con el Palacio de Gobierno y hablo con su edecán el Tte. Cnel. Manuel Canseco y su ayudante de campo Cap. Jorge Olmos. El primer mandatario visiblemente emocionado y satisfecho inauguro el servicio telefónico de la ciudad expresando en un entusiasta discurso sus felicitaciones y beneplácito al Sr. D. Manuel Crespo, dándole un emocionado abrazo que toda la concurrencia aplaudió. El Vicario   Monseñor Dr. Manuel Machicado bendijo las instalaciones de la Central Telefónica y seguidamente se ofreció un brindis de honor.  D. Manuel Crespo y sus familiares agasajaron a sus invitados con un “lunch” a la francesa preparado por el chef Alejandro Guibert del Grand Hotel.  La fiesta fue realzada con la presencia de la gran orquesta “Iris” de D. Francisco J. Molina quien con hermosos valses amenizo la velada en la cual los asistentes tuvieron el privilegio de hacer una llamada.

De principio fueron diez empleados los que trabajaron en la nueva “Central Telefónica” al poco tiempo los directores vieron por conveniente cambiar a los empleados por señoritas las que desempeñaron su papel con más diligencia y gentileza.
En dicha central existían tres tableros donde las señoritas se encargaban de la conexión, así pues, si alguien quería comunicarse con otra persona hacia girar la manivela de la campanilla del teléfono dando varias vueltas conectándose con la Central, donde la operadora contestaba cordialmente: “Hola con que numero desea que le comunique?” después de recibir la respuesta: “con el numero 20 por favor” y así se establecía la comunicación.

La tarifa de la Empresa de Teléfonos era muy costosa el primer año de suscripción se pagaba 12 bs. Mensuales. La adquisición de un aparato en propiedad costaba 150 bs.

Si  había alguien que sabía todos los secretos de la ciudad era la operadora, ya que al conectar los dos números podía escuchar toda la conversación. Ella se enteraba de todos lo que acontecía: citas amorosas, transacciones comerciales, peleas conyugales, infidelidades y todos los dimes y diretes habidos y por haber.  Muchas veces dicen hasta participaba en la conversación especialmente si se trataba de algún chisme. 

Para el año 1908 La Paz contaba con 340 teléfonos incluyendo uno en la “Villa de Obrajes” de uso público, esta línea era usada en casos urgentes, una especie de llamada de larga distancia.
El horario del servicio telefónico era especial, las empleadas atendían de lunes a sábado desde las siete de la mañana a las diez de la noche, los días domingos y fiestas de guardar solo atendían desde las 7 a.m. hasta la una de la tarde.

Gran novedad la del teléfono que conmociono a la ciudadanía pacen como muchos otros inventos y novedades que llegaron en los primeros años del 1900.

Isabel Velasco
 





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30 de enero de 2020

LOS DIAMANTES DEL EKEKO


Esta historia ocurrió en el seno de una familia muy conocida  y acomodada de nuestra ciudad y fue el Ekeko de nuestra Alasita el principal protagonista.

Don Leonardo Sánchez un caballero distinguido tenía una hija bella llamada Rosalía, a quien cuidaba con mucho esmero tratando para ella un matrimonio conveniente entre sus amistades.

Ella vivía en medio de un círculo social distinguido y asistía a las fiestas y saraos de la aristocracia paceña a fin de encontrar en ellas un esposo afortunado de buena familia. Allí en un convite muy elegante conoció a José Espinosa un apuesto “dandy” de muchas campanillas y amigo de “cuerdas de bohemios, trasnochadores con fama de pícaro y derrochador. Ella quedo prendada de él y este enamorado de ella.

D. Leonardo presintió desde el primer momento que el tal José Espinosa era un solemne bribón prohibiendo terminantemente toda relación con el tunante. Vanos sus esfuerzos, los encuentros de los enamorados eran continuos y a escondidas y estos culminaron un la huida de la pareja que había decidido casarse en un pueblo cercano.
Rosalía jamás pensó en que manos estaba para pasar a vivir  un calvario al lado de este pícaro que la llevo a deambular gastando el poco dinero que le había sonsacado más las joyas que llevaba puestas.

La huida de Rosalía había dejado a su padre con el corazón deshecho y murió de pena y consunción. Al anoticiarse ella de este desenlace decidió volver a La Paz y Espinoza comenzó a dilapidar la fortuna que le llovió del cielo en francachelas, borracheras y mujerzuelas.
De esta unión matrimonial nació un niño llamado Luchito a quien Rosalía se dedicó por completo. Cierto día el pequeño salió con su madre a pasear a la feria de Alasitas en la Plaza Murillo. Allí disfrutando de la feria compraron muchas miniaturas entre ellos el Ekeko de la suerte con todas sus cargas maravillosas.

En medio del tumulto alasitero, Luchito se alejó de su mama extraviándose en medio de la gente. Qué decir de la desesperación de Rosalía pidiendo ayuda a todos, lloro grito y nadie lo pudo encontrar, el niño se hizo humo.


El padre se entregó por completo a los goces del Dios Baco gastando todo el dinero. Rosalía cayó en terrible depresión y presintiendo que no le quedaba mucho embutió en la panza del Ekeko un collar  de diamantes que valía una fortuna, el cual ella logro ocultar de la codicia de su esposo, única joya que le quedaba de la herencia de su padre.


A poco Rosalía dejo este mundo, su marido arrepentido y presa del remordimiento le prometió cuidar al Ekeko para entregárselo a su hijo si es que algún día apareciera.


Cierto día se presentó en el Hospital de Miraflores un hombre joven con el rostro impresionantemente demacrado,  fue conducido a una sala y postrado en una cama junto a la de un anciano sufrido por una enfermedad, se hicieron amigos y supo el forastero que se trataba de un pobre viejo quien contaba haber  perdido un día de Alasitas a su hijo.


Restablecido el forastero abandono el hospital sin poder despedirse del señor que dormía en esos instantes. Al despertar el anciano y ver que su amigo se había marchado no pudo reprimir las lágrimas.  Mientras la enfermera recogía la cama del ausente vio como de una de las sabanas caía un pequeño relicario de oro que el anciano levanto y al ver el nombre grabado y la fotografía  de Rosalía lanzo un grito de dolor comprobando que el forastero era su propio hijo.


Pasaron muchos días y el anciano se consumía en el lecho, sin embargo luchaba por aferrarse a la vida.  Cierta mañana de enero una de las enfermeras pasaba por la Plaza Murillo vio al joven sentado en una de las bancas se acercó a él y le puso al tanto de lo acontecido con el anciano en el hospital. Muy pronto se encontraron abrazándose los dos, el viejito agónico con frases entrecortadas y lágrimas en los ojos le transmitió la última voluntad de su madre y murió en paz.


Luis lloro un buen rato abrazado de su padre y luego se dirigió a un desmantelado cuartucho con muebles viejos, en un rincón encima de una repisa había un Ekeko que lo miraba sonriente con los brazos abiertos. Luis lo tomo en sus manos pensando en su madre y al contemplarlo recordó muchas cosas de su niñez, viendo que el solo era un recuerdo y que nada le servía lo puso sobre la mesa distraídamente haciéndolo caer.  Al ver romperse el ídolo de yeso se inclinó para recogerlo y que sorpresa tocaron sus manos un paquete y una carta encontrando el collar de diamantes engarzados en cadena de oro. Estrujo la joya entre sus manos para después ver, en la pared del fondo del cuarto el retrato de su madre que le sonreía con ternura. La cabeza del Ekeko yacía en el suelo había cumplido su misión.


Isabel Velasco


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31 de diciembre de 2015

AÑOS NUEVOS DEL RECUERDO


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“Te acordás hermano qué tiempos aquellos”…Esta pequeña estrofa de un antiguo tango, guarda un cumulo de añoranzas y recuerdos inolvidables para aquellos que los vivieron. Realmente ¡Qué tiempos aquellos!

Sin remontarnos más allá del año 1925 evoquemos las fiestas de Año Nuevo cuando la Plaza Murillo era el centro principal de la celebración. La víspera del 1º de Enero, a eso de las diez de la noche, era de rigor reunirse en la Plaza Murillo para esperar el Año Nuevo y despedir al viejo que se iba con sus penas y alegrías para no volver nunca más.

De todos los rincones de la ciudad llegaba la gente, por la vereda del Cine Paris y del Circulo Militar empezaba el paseo y al frente, al otro lado se formaba un cordón de jóvenes “futres” quienes conforme llegaban tomaban ubicación en la rueda y comenzaban a girar, saludándose de una fila a otra, buscando con la mirada a la persona que sería la escogida para el primer abrazo.

Minutos antes de las doce, los galanes de la época trataban de acomodarse y disimuladamente perseguían a la destinataria de sus sueños para tenerla a su alcance el momento que se daban las doce campanadas, hora en que todo el mundo se abrazaba. Los caballeros que iban a “girar” con su familia saludaban a sus conocidos y conocidas, sacándose el tongo, lo hacían con mucha ceremonia. Los jóvenes saludaban con sus pajizos, intentando demostrar a los padres de las jóvenes más bellas, sus atributos de buena educación aprendidos en El Carreño.

Al centro de la plaza tomaba ubicación la banda de música de “Los Colorados de Bolivia”, una magnifica banda de cincuenta miembros quienes amenizaban el paseo desde una esquina de la plaza en el Kiosco llamado el de los Stronguistas.

En las graderías tomaban sitio los componentes del pueblo paceño, quienes después de las doce de la noche, bailaban al son de los acordes de la música interpretada por los músicos.

Este espectáculo tan atrayente congregaba también a numerosos espectadores, gente del pueblo y del campo, ellos se ubicaban en las graderías y ventanales vecinos del Palacio Legislativo y de las numerosas casas y negocios.

Se aproximaba la hora y todas las miradas estaban puestas en el reloj del Palacio Legislativo. El momento en que la sirena de “La Razón” poderosamente anunciaba las doce todos se abrazaban conocidos y desconocidos. Los jóvenes aprovechaban para abrazar a las chicas más lindas y a aquellas jovencitas inaccesibles debido al celo de los padres, ellas a su vez, tomaban ventaja para presentarlos a sus familiares. La alegría que se producía ese momento era realzada por los acordes de la banda y la gente reunida en el centro de la plaza que bailaba con entusiasmo.

Otra parte de la ciudadanía esperaba el acontecimiento en los grandes hoteles y restaurantes de la época. El Club de La Paz, quedaba entonces donde ahora se encuentra la Cancillería de la Republica, el famoso “Paris”, el Club Bancario situado en la calle Comercio, el Club Ferroviario y otros restaurantes más pequeños, como el Kutsner, La Perla y el Bavaria, se habían preparado con esmero y anticipación para celebrar la fiesta más grande del año.

El Club de La Paz y el Hotel Paris contaban con los salones más suntuosos de la época, algo que no podemos imaginarnos. El Paris con muebles importados de Francia, lleno de espejos vieneses, amplios salones versallescos ocupaba todo el edificio que hoy es el Cine Paris en la esquina de la Plaza Murillo, su decorado a todo lujo no tenía nada que envidiar a ningún hotel de nuestra América de la época.

Damas y caballeros que concurrían a esos lugares asistían con sus mejores galas, ellos con frac, los jóvenes con smoking las señoras con trajes largos, sombreros y tapado “Macfarlán” a la última moda de Paris, era una noche de elegancia.

A medida que se aproximaban las doce, los caballeros aparentando controlar la hora sacaban a relucir sus hermosos relojes “Longines” los cuales llevaban colgados de una cadena de oro que llevaban en el paletón. Los garzones esperaban el momento con la botella de champagne en la mano. A la hora precisa, el barman gritaba las ¡doce de la noche! Y al estallido de los corchos del espumante champagne comenzaba el festejo.

El ruido se confundía con la sirena de La Razón y el alboroto de la gente que se encontraba en la plaza.

En esos hoteles el despliegue de licores finos era memorable, forzosamente tenía que beberse champagne francés Pommery Greno, Veuve de Clicquot, Cordon Rouge, la botella costaba 12 centavos ¡una libra esterlina! Después venían los vinos que las señoras acompañaban con “Soda Water”, no faltaban los modernos de la “High Life” que brindaban con disimulados sorbos de ajenjo. Luego del brindis se rompía el baile al son de un “pasodoble”, la pista de baile se llenaba de parejas que hacían retumbar el piso con el taconeo de sus zapatos importados, cubiertos con elegantes gets.

En el “Paris” tocaba una orquesta de mujeres “Las Damas Vienesas”, en el Club de La Paz amenizaba la Típica Y Jazz de Don Francisco J. Molina, la orquesta de moda en esas épocas de esplendor. Los galanes y pijes de entonces hacían despliegue de sus habilidades tangueras al son de tangos como: El Carrillón de la Merced”, “Madreselvas”, “Mi Lindo Julián” y otros de moda que sabían bailar con maestría.

Al amanecer los jóvenes se reunían en la Plaza Alonso de Mendoza, San Francisco y la Evaristo Valle a tomar ponches y el delicioso “api con llauchas” las más famosas eran las de “La Choka” en la calle Bueno, ellas surtían a los vendedores quienes salían con sus bandejas de madera con carbones encendidos ofreciendo llauchas calientitas por toda la ciudad.

En la calle Evaristo Valle el restaurante más conocido era el de “La Valentina” estaba también el del “Chino” donde servían deliciosas picanas por solo cinco reales.

Así epilogaba la noche de Año Nuevo siempre en el barrio de Churubamba, donde no faltaban las peleas de los grupos de pijes famosos de esas épocas.

Al día siguiente se reunían las familias para festejar el Año Nuevo en sus casas bailando al son de radiolas y victrolas ortofonicas con los discos de la RCA Víctor y Columbians, cada tres discos había que cambiar de aguja. Carlitos Gardel y la orquesta de Francisco Canaro eran los infaltables; tambien se organizaban fiestas con pequeñas estudiantinas y se bailaba al compás de las concertinas y guitarras de los que sabían tocar.

Te acordás abuelo, te acordas abuela…esas eran fiestas ¡Qué tiempos aquellos!

Isabel Velasco

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5 de agosto de 2015

DE LA PATRIA EL ALTO NOMBRE


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Dicen que “todo tiempo pasado fue mejor”, vamos a ver... hoy traigo para el recuerdo unas notas de los desfiles en esas épocas en las cuales en Bolivia... aunque parezca un “cuento de hadas” ¡todos, todos vibraban en las fiestas de Agosto! Eran la ocasión más grata, más preparada y lo hacíamos con tanto gusto con verdadera unción patriótica.

Contaron nuestros padres que uno de los desfiles escolares más apoteósicos de la historia fue aquel del 6 de Agosto de 1925, en conmemoración del “Centenario de la República”

Para esa oportunidad, el gobierno americano había regalado 20.000 uniformes color “kaki” para uso de los colegios fiscales de La Paz; estos eran parecidos a los que usan los “Boy Scouts” y así fue como los chicos de las escuelas se presentaron uniformados.

A partir de ese año se inicio una especie de competencia patriótica entre los diversos colegios y escuelas; los trajes que se estrenaron en 1925 sirvieron de modelo para que todos los establecimientos optaran por tener uno propio.

En esas épocas de antaño más o menos entre el 1959 y el 1960 los colegios privados tenían uniformes de “diario y de gala” igualmente los liceos y escuelas lucían vistosos cuellos de colores con sus respectivos sombreros, no solo porque se trataba de una demostración de fervor patriótico, sino porque cada año los colegios se lucían en su presentación e iban progresando paulatinamente con diferentes demostraciones e innovaciones en la vestimenta de los alumnos y muy especialmente en la organización de las “bandas”: hecho que se fue convirtiendo en un verdadero desafío entre los colegios privados de nuestra ciudad.

Cuantos bellos recuerdos han quedado de aquellos grandes desfiles, de los años sesenta. La juventud de entonces no solo esperaba que su banda fuera la mejor, cada alumno aportaba a la contienda su buena educación, su civismo, su paso marcial, sus mejores galas. Fueron gestores maravillosos para estimular esta dedicación los maestros de gimnasia de los diferentes establecimientos destacándose entre muchos el recordado “Negro Ayllon” de la Salle, el querido “Nato Soto” del San Calixto, la señorita Bertha del Santa Ana, la Señorita Zarate en el Ingles Católico y Doña Raquel Atristain en los Sagrados Corazones. Inolvidables maestros de gimnasia que hacían retumbar el colegio con su voz de mando.

Los ensayos para los desfiles del 6 de Agosto comenzaban con dos meses de anticipación. Después de clases era ineludible asistir a las practicas; formación de escuadras, orden de tamaño perfecto, selección de abanderados, portaestandartes y sobre todo “silencio y disciplina absoluta”.

Los coros que debían entonarse el 5 de Agosto en las concentraciones y desfiles, estaban a cargo del gran músico y director profesor D. Antonio Gonzales Bravo, quien organizaba ensayos parciales y generales en el Colegio Don Bosco. Posteriormente otro gran maestro ocupo su lugar: el recordado profesor Luis Felipe Arce, cariñosamente apodado como el “Moko Arce” ¡Quien podría olvidarlo! En los ensayos que diariamente se efectuaban en los patios del Colegio Americano, donde obligadamente asistían todos los colegios para cantar los himnos patrios, posesionado en una alta tarima con batuta en mano dando golpes fuertes a la misma en un obsesionado afán de perfección y tratando de mantener la disciplina entre miles de alumnos reunidos y cantando. El “Moko Arce” era un director fenomenal y enfurecido golpeando la tarima y gritando su famosa frase: “¡No, No! Otra vez… ¡vamos ya!

Surgen entre los recuerdos maravillosos de aquel entonces las figuras imponentes de grandes maestras como Doña Raquel Esprella de la Escuela Argentina quien momentos antes de emprender la marcha, en el patio del establecimiento gritaba con toda el alma: “¡Viva Bolivia!” y a la respuesta: “¡Que viva!” ella acercaba las manos a sus oídos y decía: “!no se oye!.. En el segundo intento: “¡ahora más o menos! y al tercer ¡QUE VIVA! de todo el alumnado… recién gallardamente, afirmaba: “¡AHORA SI... ESTAMOS LISTAS! y se emprendía la marcha.

A través del tiempo fueron apareciendo las “bandas colegiales” inicialmente compuestas solo por un guaripolero y una docena de tambores, luego llegaron las cornetas y las trompetas de tres teclas, los “bubbles” orgullo de maestros y colegiales, adornados con hermosas banderolas y pulidos hasta la exageración.

Jamás ningún paceño podrá olvidar, pues ya forma, parte de nuestra tradición, las memorables competencias entre “Calixtinos” y “Lasallistas”. ¡Había que ver esos duelos de bandas! Muchos dientes rotos por las boquillas de las cornetas o por los puños de sus ocasionales rivales, fueron testigos de esas hermosas épocas. Aunque parezca mentira, eran los propios “curas” y “hermanos” los que estimulaban esta competencia.

La Salle contaba con el asesoramiento del hermano Julián quien ponía todo de sí mismo y elevaba los ánimos de los alumnos marchando junto a las escuadras. Gritaba: “¡Rompan tambores… revienten trompetas!”. Asimismo el queridísimo “Negrito Ayllon” y por el San Calixto Don Roberto Soto. Las maestras de gimnasia anteriormente mencionadas de los colegios católicos de señoritas, hacían de cada marcha un desafío personal.

Para el recuerdo traigo a colación una de las muchas trifulcas que se libraron en las calles adyacentes a la Plaza Murillo especialmente cuando el “Sanca” bajaba por la Jenaro Sanjinés hasta llegar a la Mercado donde se cruzaba con La Salle. Ese era el momento decisivo; el entusiasmo desbordante de los alumnos salía a flor de piel y rompiendo tambores, reventando trompetas, los dos colegios hacían tronar la ciudad de La Paz increíblemente incitados por los “curas y hermanos”, quienes eufóricos corrían de un lado a otro dando ánimos a los ejecutantes y muchas veces gritando y ordenándolas a “soplar hasta estallar”.



Los calixtinos recordaran al hermano Mejía, campeón de box en su España natal, quien trajo sus conocimientos al San Calixto, para que los alumnos los pongan en práctica contra los “lasallistas” quienes por su parte contaban con el asesoramiento del “hermano José” que no se quedaba lejos en fuerza ni en estatura. Así pues, no había vencedores ni vencidos… ambos lo comprobaban el momento de hacer su paso triunfal en la Plaza Murillo después de haber recibido el cariño, el aplauso y la felicitación de todo el pueblo paceño que se daba cita para verlos en multitud y por todo el recorrido desde El Prado.

Figuran entre los muchos recuerdos y anécdotas de aquellas épocas cuando la competencia se había hecho más dura, un 6 de Agosto en que el San Calixto se presento al desfile causando verdadera sensación con una verdadera “bomba” su “¡Batallón de Rompedores”! Sucedió que había llegado al Convento de los Jesuitas un curita en plena formación para el sacerdocio, enviado como profesor... este “maestrillo” así llamado por los chicos, tuvo la brillante idea de escoger a los alumnos más altos del colegio; aquellos que llegaran al metro ochenta de estatura. Los vistió, los ensayo y fue así que el 6 de Agosto salió de la puerta principal del colegio San Calixto un impresionante grupo de muchachos vestidos con un uniforme similar a los de los militantes de la “Falange Española” con unas hermosas boinas vascas y el aditamento en los puños de unas aletas de tiburón, tipo Batman, las cuales les cubrían todo el antebrazo. Su objetivo: ir a la cabeza del colegio abriendo “cancha” en una marcha por demás imponente que causo furor por las calles de la ciudad. ¡Algo inolvidable! El publico los aplaudió frenéticamente por la calle Comercio no podían pasar…la gente gritaba frenética, las chicas se desmayaron de emoción…fue algo fantástico. Por supuesto que fue un duro golpe para los de La Salle…los Rompedores les asestaron tremenda afrenta y fuerte shock en esa ocasión.

Don Roberto Ayllon para reponerse de este infarto, pues no podía tolerar tal afrenta, hizo traer desde España los magníficos “Heraldos” para la banda de La Salle y en el más completo secreto vistió a sus muchachos con el uniforme de la “Legión Extranjera”: blanco con celeste bajito. Qué les puedo decir: esto fue lo máximo! Ese 6 de Agosto de 1964 fue sin lugar a dudas el año de los “lasallistas”. Jamás podremos olvidar a esos hermosos muchachos vestidos de legionarios con sus uniformes celestes. La presentación de los famosos “Heraldos” fue algo que causo revuelo; por demás está decir que eran seguidos en todo el trayecto por una multitud de fanáticas chiquillas del Santa Ana, de los Sagrados y del Inglés.



Qué podemos expresar de la hermosa banda de Instituto Americano, la cual siempre sorprendía a la ciudadanía con nuevas innovaciones, destacándose por ser la más completa y agregando nuevos instrumentos cada año como marimbas, trombones de vara y la sensacional presentación de su grupo de hermosas guaripoleras con pantalones cortos, algo que hizo temblar a la ciudadanía de ese entonces. Causaron furor en esas épocas “oscuras” muchos jóvenes tuvieron pesadillas, las chicas de los colegios católicos sufrieron depresiones insoportables y durante mucho tiempo no se hablo de otra cosa; amén de los que cayeron fulminados de una camotera irrefrenable e imperecedera por las “guaripoleras del Americano”

Fue desde aquellos lejanos días que el Colegio Don Bosco tuvo la banda más perfecta; una de las primeras en ejecutar piezas selectas de grandes músicos, siempre bajo la dirección y empeño del querido “padre Antonio Sabini”: un italiano bien boliviano que siempre iba a la cabeza de “su banda” contagiando el entusiasmo y patriotismo.

Sin embargo, todos tendrán que concordar en que la “Banda de guerra” del Colegio Alemán Mariscal Braun, sin muchos aspavientos, solo con el uniforme de gala, azul y blanco desde la salida del colegio y durante el paso por las avenidas de la ciudad siempre fue la más disciplinada y aplaudida. Jamás ninguna chica de esos tiempos de oro, podrá olvidar el imponente paso de los gringos del Mariscal Braun y su ordenada vuelta al colegio desde la Plaza Murillo, seguidos por la más linda juventud de La Paz, aplaudidos por el público al final del Prado para terminar en su establecimiento en Sopocachi Este plantel educativo en los desfiles era la nota de distinción en los hermosos tiempos de los años sesenta.

El colegio Saint Andrew’s dirigido por sacerdotes canadienses católicos cuenta con una larga historia de civismo desde 1956 época en la cual desfilaban en la zona sur de la ciudad, sin embargo desde 1962 la banda ya contaba con cornetas, tambores y dos pares de platillos. Ese año tuvo destacada presentación en las fiestas del 16 de Julio y del 6 de agosto desfilando en el centro de la ciudad al mando del Director del Colegio el recordado “Cura Burns”. Regalando al público paceño un espectáculo digno de admiración y aplauso con su grupo de altivas guaripoleras con los uniformes de falda corta escogidas entre las señoritas más bellas de esas épocas, cabe mencionar a Tatiana Palza, Sonia Cerruto, Beatriz Barbery, Bee Bedoya, Sandra Gallardo, Ana Maria Diaz entre otras que fueron admiradas y aplaudidas por toda la ciudadanía a su paso por las calles de nuestra ciudad.

“Koripaiti y Koripaitata el Ayacucho está aca! Era el grito de los ayacuchenses a su paso por las avenidas paceñas en el desfile del 6 de Agosto, este tradicional colegio, cuna de grandes personalidades en la historia de nuestro país, era el más temido! Su paso jamás pasaba desapercibido el día de la patria Decanos en la educación boliviana hacían su entrada liderizando el desfile, vestido todo el alumnado con terno negro y con camisa blanca sin corbata y cantando a voz en cuello el himno del colegio. Los ayacuchenses no tenían banda y en medio de una euforia patriota sin medida su grito de guerra se podía escuchar: “Con banda o sin banda…quien manda! A lo cual se podía escuchar la respuesta contundente de todo el alumnado “El Ayacucho” Este establecimiento educativo sí que se hacía sentir en los desfiles de antaño.

Seguramente hay muchas historias, muchos recuerdos de los “días patrios” de las épocas doradas. La juventud de entonces manifestaba su amor a la patria con dedicación, esfuerzo, valentía, consideración…qué tiempos aquellos en los cuales hubiéramos dado la vida por nuestra querida patria!


¡VIVA LA REPÚBLICA DE BOLIVIA!

Isabel Velasco.

Fotos Cortesía de: Fotos Antiguas de La Paz
Simón Bedoya y Alberto Bustamante Valencia


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15 de julio de 2015

¡SALUDANDO DE JULIO EL GRAN DÍA!


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¡La aurora de este glorioso día será saludada con descaradas de artillería, repique de campanas, dianas por las bandas populares, sirenas de todas las fábricas a vapor y de las usinas eléctricas, así como de las locomotoras de ferrocarriles!

Así comenzaba el programa de festejos del 16 de Julio en esta “Oh Linda La Paz” de antaño, cuando evidentemente Vivian en nuestra ciudad verdaderos paceños de corazón que amaban esta hermosa hoyada, la cuidaban y sabia conmemorar sus glorias, lamentablemente en nuestros días solo nos acompañan los recuerdos, los paceños de tradición que aún quedan se acordaran con nostalgia como era en aquellos tiempos, como se festejaba el gran día del 16 de Julio, como se bailaba con amor por esta noble tierra que nos vio nacer.

En efecto los actos conmemorativos comenzaban el día 15 y por ordenanza municipal, duraban hasta el 17, declarándose feriados y días de regocijo popular, asimismo sus noches:

“Buenas Noches Paceñas”.

La víspera del gran día el 15 de Julio, toda la Alameda se iluminaba profusamente con centenares de farolitos de todo color y banderitas tricolores. Las casas de todo el vecindario, en singular concurso convocado por la Municipalidad con premios especiales, eran engalanadas y adornadas en sus fachadas y balcones con banderas, gallardetes y guirnaldas. El espectáculo que ofrecían los farolitos iluminados “a giorno” durante horas era digno de verse.

A las seis de la tarde comenzaba la “Romería al Alto de Potosí”, donde había estado expuesta la cabeza decapitada del protomártir, después de las ejecuciones del 19 de Enero de 1810.

Todo el pueblo, niños jóvenes y ancianos subían con miles de teas encendidas, para desde allí dar comienzo al desfile ecuestre que bajaba desde El Alto a la ciudad como una serpiente de luces que cadenciosamente descendía hasta la Garita de Lima, donde tanto allí como en “Calancha”, hoy avenida de las Américas esperaban en formación los colegios y escuelas municipales, los gremios artesanos y obreros, clubes sociales, instituciones cívicas portando teas y farolitos. Bandas de música presentes para hacer el recorrido del desfile por las calles Evaristo Valle, comercio, Plaza Murillo, Ayacucho, Mercado y 16 de Julio, hasta llegar a la Alameda en medio de vítores a la patria y a nuestra hermosa ciudad. Las numerosas bandas y estudiantinas se ubicaban en diferentes sitios del Prado, para dar comienzo a la retreta general tocando himnos, valses, huayños, pasacalles y cuecas al estruendo de camaretas, cohetillos y fuegos artificiales.

Seguía después del desfile la gran fiesta popular con verbenas en los mercados de San Agustín, San Francisco y Churubamba, donde se bailaba al calor de los tradicionales “te con tés” ponches de guinda y de los humeantes sucumbes hasta el amanecer del grandioso día.

“La aurora del 16 de Julio era saludada por una salva de 21 cañonazos que desde la colina de “Killi Killi” hacían retumbar la ciudad, anunciando una vez más la libertad proclamada por Don Pedro Domingo Murillo, acompañaban los estruendo el repique de todas las campanas de los templos, las sirenas de las fábricas y las dianas de las bandas populares y del ejército que recorrían las plazas y calles de la ciudad al son de marchas triunfales”.



A la diez de la mañana se rezaba la solemne misa de Acción de Gracias en el templo de Santa Teresa, celebrada por el ilustrísimo Obispo Monseñor Juan de Dios bosque. A las once salía de este templo la histórica procesión de la Virgen del Carmen, con asistencia de las autoridades y cofradías religiosas, tradición que aún perdura.

El acontecimiento más grande y significativo de estas fiestas julianas era sin duda la “Procesión Cívico Patriota”, así se llamaba en esos tiempos el desfile.

A las tres de la tarde el estampido de un cañonazo resonaba en todo el ámbito de la ciudad y esto daba inicio a la gran procesión cívica que partía desde el Prado y seguía por la calle Loayza, Mercado, San Francisco, Lanza, Comercio, terminando en la Plaza Murillo.



Todos los balcones de las casas por donde hacia el recorrido el desfile, se hallaban engalanados con banderines, ramos de flores, guirnaldas y gallardetes. Las señoras y señoritas de nuestra sociedad habían sido gentilmente invitadas por el municipio para “presenciar y compartir en esa elegante demostración patriótica”.

Extractamos de la prensa de entonces la siguiente nota:

“La Comisión Municipal insinúa a los propietarios de las casas situadas en las calles por donde recorrerá la Procesión, inviten a sus relaciones y amistades para que concurran a sus balcones a fin de arrojar flores sobre el “Carro Triunfal” que conducirá el busto de Murillo y además tengan la galantería de facilitar la ocupación de sus ventanas al bello sexo a este acto tan significativo, empleando los medios de atención y agasajo que le inspiren su delicadeza y cultura”.

Pensaran amigos lectores que este es un cuento de hadas, que lo que aquí relato sucedió en un país de maravillas y de ensueños, pero no….así era la vida en aquellas bellas épocas de nuestros padres.

A estas solemnes procesiones, cívicas concurría toda la sociedad paceña, clubes sociales, instituciones, colegios, la curia eclesiástica en pleno, el Colegio de Abogados, los empleados públicos, los gremios de artesanos, las colonias extranjeras, los bomberos y el pueblo en general.

Las asociaciones que participaban en el desfile se daban el lujo de nombrar madrinas a distinguidas y conocidas damas y señoritas del mundo social, quienes se lucían en el obsequio de guirnaldas de flores artificiales importadas de Europa. Las madrinas esperaban en sus ventanas el paso de los portaestandartes y al acercarse ellos al pie de los balcones, deslizaban desde arriba el gallardete engarzándolo en el asta del estandarte, en medio del entusiasmo, aplausos y vítores de los circundantes.

En cada esquina del trayecto se pronunciaban vibrantes alocuciones y discursos, se leían poemas y versos por quienes de antemano lo habían solicitado en rol especial.

Durante todo el paso del desfile desde los balcones caían lluvias de flores y mixturas sobre los participantes. Las damas reunidas en las ventanas, elegantemente ataviadas, veían como los caballeros que desfilaban agradecían levantando elegantemente sus tarros y pajizos y saludaban ceremoniosamente.

El “Carro Triunfal” con el busto de Murillo era conducido por cuatro caballos albos encabezados por penachos blancos, llevados de las riendas por pajes elegantemente vestidos. Del mismo se desprendían cintas tricolores que portaban quienes habían sido distinguidos por el Municipio con ese gran honor.

El programa de festejos del 16 de Julio era amplio y consistía principalmente de veladas artísticas, encuentros deportivos, bailes, fiestas de disfraces y máscaras en el Teatro Municipal y Club de La Paz, funciones de óperas y zarzuelas, carreras de caballos criollos con jinetes de raza indígena en los campos de Calacoto, paseos a la villa de Obrajes, concursos de sortijas novilladas en la Plaza de toros del Redondel de Santa Bárbara, paseos en la Alameda desde los Portales hasta los Kioscos del Ovalo.

De grande y trascendental significación fueron las hermosas fiestas conmemorativas del Centenario del primer grito libertario americano del 16 de Julio de 1809, magna fecha que nos recuerda que fue La Paz la primera que encendió la tea de la libertad que hoy irradia a todo el continente. Dentro de todas las celebraciones que se llevaron a cabo durante todo el “mes glorioso de julio”, una de las más grandes fiestas, importante por su apoteosis y porque revistió el mayor brillo y elegancia fue el tradicional gran baile que cada año se realizaba en los salones del “Club de La Paz”, el cual fue organizado por la famosa “Sociedad Filarmónica Paceña” conformada por un grupo de jóvenes brillantes e inquietos, intelectuales y artistas de nuestra ciudad.

Desde las primeras horas de la noche se podía ver el recinto del antiguo Club de La Paz, situado en esa época en el lugar donde actualmente está la Cancillería en la Plaza Murillo, profusamente iluminado y decorado, con hermosas coronas de flores, cuadros, banderas y un sinnúmero de ramilletes que hacían de aquellos salones una estancia elegante y de buen gusto.

Ya muy temprano la Comisión del Ornato de ese año integrada por los señores David Ascarrunz, Belisario Vidal y Manuel García Pacheco, dio prueba de su actividad y sentimiento artístico, preparando el sitio en el que más debía reinar la alegría y la cordialidad.

Hacia las nueve de la noche, todas las calles de la ciudad se veían atestadas de “carruajes” yendo y viniendo de los barrios residenciales de aquella época en dirección al Club de La Paz donde se había reunido lo más electo y notable de la sociedad paceña.

Previamente una “Comisión de Recepción” había sido designada entre los más destacados caballeros de aquella asociación; ese año fueron elegidos los distinguidos señores Víctor Ballivian, Belisario Sáenz, Manuel Pacheco, Carlos Ballivian, José Vidal, Carlos Pinedo, Francisco Arce, Benedicto Goitia y Calos Alberto Núñez del Prado. Todos ellos desempeñaron su cometido con exquisita amabilidad, dando la bienvenida a cada uno de los invitados con finura y buen tono. De entrada la fiesta prometía magnifica solemnidad y alegría.

A las diez de la noche se inauguró la “Tertulia” con la “Primera Cuadrilla”, bailada con designación previa de parejas. A la cabecera siempre el Excelentísimo Señor Presidente de la Republica acompañado de la Primera Dama de la Nación, seguida la línea por los Ministros Plenipotenciarios de diferentes delegaciones diplomáticas acreditadas al país con sus distinguidas esposas. Luego el Señor Prefecto del Departamento y señora, el Presidente de la Sociedad Filarmonía Paceña Don Adolfo Ballivian y señora y demás parejas formadas por respetables caballeros de la localidad pertenecientes a dicha sociedad como don Federico Granier, D. Serapio Reyes Ortiz, D Manuel Vea Murguía, Ventura Farfán, D. Bautista Saavedra, D. Heriberto Gutiérrez y muchos más todos ellos con sus esposas.

La orquesta en la oportunidad fue dirigida por D. Salomón Porcel, la misma que interpreto durante toda la noche entusiastas cuadrillas, arrebatadores valses, dignísimos lanceros y alegres polkas y mazurcas alternando también con valses paceños de mucha moda entonces, como “Brisas del Illimani” y “Crisantemos”, piezas musicales que tenían un especial compas al estilo de los valses peruanos, bailes estos que llegaron a estar tan en boga y que por ser “paceños” les dieron el apelativo de “Valses de Chokata”.

Durante el descanso entre baile y baile, circulaban por todo el salón sendas charolas de plata llenas de copas de espumante champagne bien “frappe” al mismo tiempo que los invitados se deleitaban con un gran surtido de delicados y bien decorados “hors d’ouevres” preparados por la estilista francesa “Madame Lilieutant”.

Pasadas las cuadrillas oficiales, la orquesta preludio el precioso vals “Danubio Azul” de Strauss el mismo que como fluido eléctrico vino a animar con sus acordes la fisonomía de la juventud de ambos sexos. A partir de ese momento se empezó a vislumbrar las gratas finalidades que ofrecía la fiesta.

Difícil, sino imposible, sería hacer la pintura exacta del hermoso y arrogante aspecto de aquella inolvidable noche…belleza, alegría, elegancia, lujo y cordialidad reinaron en aquella oportunidad, digna celebración magnifica de tan glorioso día en que festejamos nuestra independencia del yugo español; parecía como si todos los corazones paceños se unieran para entonar el himno a la libertad en el altar de la patria boliviana erigido en 1809 y consagrado en 1825.

Los comedores, servidos con toda escrupulosidad por el Señor Cabanas, no dejaban nada que desear; los menús abundantes y variados satisficieron el gusto de los más exigentes gastrónomos; todo el banquete fue rociado con finos vino y licores franceses. Según el Periódico “El comercio” de La Paz:

“Las encantadoras hijas del Illimani se presentaron hermosas como nunca, a gozar de esa noche feliz en que parecían un enjambre de mariposas que cernían sus alas al compás armonioso de la música. El bello sexo paceño escogió, por así decirlo, a sus más bellas representantes para enviarlas a ese baile. Allí estaban presentes las más distinguidas damas representantes de la sociedad paceña, las señoritas Sánchez Bustamante, Salmon, Carrasco Sánchez, Careaga Zalles, García Iturralde, Valle Ballivian, Reyes Ortiz, Diez de Medina, Méndez Ibarguen, Lorini Carrasco, Sáenz García, Velasco Sánchez, San Martin, Costas, Villamil, Vidaurre y otras más”.

Crónicas Sociales de la época señalaron como las más bellas de esa noche a las señoritas hijas de las familias: Forgues, Ackerman, Machicado, Aramayo, Sáenz, Gallardo, Crespo, Careaga, Tapia, Pero, Catacora y García. Las hermanas Santa Cruz igualmente son mencionadas como las más graciosas, las jóvenes: Méndez, Castillo, Telleria, Nava, las hermanas Vea Murguía, Eduardo, Richter, Tamayo, Mendoza, Belzu, Belmonte, Pérez Velasco; fueron halagadas por su donaire al bailar. Las damitas: Cusikanqui, Balanza, Salmon, Goitia, Meave, Sagarnaga, Riveros, Carrasco. En tanto que se lucieron las más alegres las señoritas: Saavedra, Alcázar, Asturizaga, Núñez del Prado, Telleria, Flores, Céspedes y Bedregal. Por ultimo señalan que las más elegantes de la noche fueron las jóvenes, Valdivia, Zuazo, Velasco, Palacios, Zalles, Santa Cruz, Villamil, Requena, De La Riva, Cisneros y Farfán.

Basta repasar los periódicos de aquellos tiempos como “El Comercio”, “El Titicaca”, “La Democracia” y “El Imparcial” para darse cuenta de la magnificencia de esa inolvidable jornada y de todas aquellas hermosas fiestas y “soirées” de antaño.

Al día siguiente a las 2 p.m. comenzó la compostura digna de la cultura del pueblo paceño de aquel entonces. En los balcones por donde recorría el cortejo brillaban como flores un espléndido conjunto de bellas hijas del Illimani, arrojando ramilletes de violetas a los simbólicos estandartes de las sociedades que con carácter oficial solemnizaban la fiesta. Era la “elite” paceña saludando el gran día, igualmente se presentaron la sociedad artesanal representada por “Los Obreros de la Cruz”, “Los Obreros del Porvenir”, “Unión Obrera”. Así mismo sociedades católicas de caballeros como la de San Vicente de Paul y la de San José quienes desfilaron elegantemente ataviados, ante el aplauso, japapeos y hurras en medio de una lluvia de flores y mixtura.

Posteriormente un grupo de ciudadanos de lo más distinguidos e ilustrados de nuestra sociedad, a la cabeza de don Benedicto Goitia, Luis Sainz, Heriberto Gutiérrez, Fermín Cusikanqui, Manuel Vea Murguía, Marcial Pinilla, Manuel Vicente Ballivian y otros improvisaron una segunda procesión tan ardientemente patriótica y pletórica de entusiasmo, de la cual dicen que en las dos primeras cuadras que recorrió arrastro un inmenso gentío, el cual enardecido entonaba el himno paceño con frenesí, mostrando la euforia de un pueblo altivo que ama las glorias de su patria y venera la memoria de sus héroes y mártires.

¡QUE VIVA LA PAZ EN ESTE 16 DE JULIO GLORIOSO!


Isabel Velasco.

Fotos Cortesia de: Fotos Antiguas de La Paz
Edwing Fiorilo Galindo. Bruno Marco Gismondi


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