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16 de junio de 2020

LAS VALIENTES “MADRINAS DE GUERRA’


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Escuche muchas historias de la Guerra del Chaco, de personajes que estuvieron allí, de bolivianos que lucharon por el país, esta que estoy a punto de narrarles, es la que más me conmovió.

Hay instantes indescriptibles en la vida de un ser humano, hechos que no se pueden narrar ya que la emoción, esa sensación de miedo, euforia o incertidumbre que sintieron nuestros padres, abuelos y patriotas que amaron a Bolivia más que a ellos mismos al escuchar las noticias del estallido de la Guerra del Chaco, las sirenas, las campanas de los templos anunciando la misma no pensaron en otra cosa que en defenderla, son estos sentimientos que han quedado entre los recuerdos imperecederos de aquellos que los vivieron.

Ver a las personas corriendo hacia sus casas para llevar la noticia a sus familiares: “La guerra ha estallado”! dice que esa noticia sacudió el espíritu de toda una nación.

Fueron estos momentos en los cuales el valor y el patriotismo se confundieron en un solo anhelo: el “Servicio a la Patria”.

Así fue como el 14 de junio del 1932, ante lo inevitable se produjo el llamamiento a los reservistas que ya habían cumplido su servicio militar para que se presenten a los cuarteles.

En la ciudad de La Paz, el lugar de cita de toda la juventud convocada, la cual, sin distinción de clases sociales, acudió a presentarse, fue el Cuartel de Miraflores.

La sirena de “La Razón” se escuchaba de uno a otro confín de la ciudad, llamando a todos los jóvenes. Dicen que cada vez que se oía esa sirena, todos los muchachos de esa época temblaban de emoción y euforia, la convocatoria también producía en todos los hogares un gran sentimiento de patriotismo.

Todos querían ir a la guerra, la ansiedad en los jóvenes era incontrolable, los deseos de servir a la patria tan vehementes e indisolubles. Ante este hecho las madres sumidas en el dolor más silencioso y disimulado no podían hacer otra cosa que resignarse pues era BOLIVIA que necesitaba de sus hijos.

Con mayor razón en esa época en la cual estos jóvenes participaban de cualquier demostración callejera en contra de la nación que nos había agredido. En esos momentos no se sintió decadencia, solo el deseo abrasador de marchar al frente.

Todos deseaban ser los primeros y era tan grande el entusiasmo de esos muchachos, que hubo muchos que no habían cumplido la edad militar, no obstante, se presentaron para ofrendar su vida y sacrificio a la patria. De ahí tantos menores, casi niños, a quienes no los pudieron rechazar y que combatieron en el Chaco.

Cuantas madres, con el corazón hecho pedazos, demostrando un valor espartano, entregaron sus hijos, hubo algunas que despidieron hacia el frente cinco hijos, quien sabe más, nadie podía eludir esa obligación sagrada, todos estaban conminados a cumplir con su deber.

Después de haberse presentado en los cuarteles, los jóvenes salían de allí uniformados, con lo que la gente de esa época llego a llamar “la mortaja”, o sea el uniforme militar. Así llegaban a sus casas orgullosos y contentos, sin presentir el dolor contenido de sus madres y hermanas, los que disimulando las lágrimas tenían que arreglar los uniformes que no siempre eran bien confeccionados. Una vez que se habían “entallado” las chaquetas, subido las bastillas y recosido los botones, esos noveles soldados lucían bien “pijes “con sus “mortajas” a la medida.

Días antes de la partida al frente, comenzaban las despedidas e invitaciones que se ofrecían. No faltaba la nota social en la prensa que anunciaba los ágapes en honor a los conscriptos que se iban a la guerra, deseándoles mucha suerte y un regreso victorioso.

En esas circunstancias apareció la moda de nombrar “Madrinas de Guerra”, la cual fue copiada también por los paraguayos, estos nombramientos llegaron a ser una verdadera institución. Generalmente se nombraba “Madrina de Guerra” a la novia o a la “polola”, así como a una dama distinguida de la sociedad amiga de la familia.

Bien uniformados iban a visitar la casa de la “futura madrina”, donde eran recibidos con mucho cariño y consideración, después de los saludos de rigor, la tertulia obligada de la guerra, el regimiento al que debían pertenecer, se procedía a nombrar a la Madrina, nombramiento que no se podía rechazar, pues no era algo honorario sino que constituía un deber cívico, quien se iba a negar proteger aun cuando sea con sus oraciones y sus desvelos, a un joven que iba a defender el suelo que nos cobija, la patria amada que está en peligro.

Una MADRINA DE GUERRA se comprometía a escribirle, rezar por él, velar por su madre, por sus hermanas, visitarlas, acompañarlas. Era un compromiso ir a despedirlos a la estación, llevándoles flores, fotos dedicadas, escapularios, medallitas, detentes bordados, coca, dulces, cigarrillos y hasta un mechón de sus cabellos. Es de imaginarse la emoción y el dolor de esas valientes jóvenes quienes como Madrinas de Guerra demostraron su valor y entereza al despedir a sus novios o enamorados a una muerte casi segura, pues nadie tenía la certidumbre de que iban a regresar.

En esas épocas de la guerra, casi todos los días salía un destacamento, a veces dos, según el movimiento de los trenes la Estación Central se llenaba de gente, así como todas las calles de la ciudad.

Allí se producía el último abrazo. Muchos soldados no solo tenían una “madrina de guerra” y en la Estación se veían rodeados de jovenzuelas quienes los llenaban de halagos y recomendaciones. Al despedirse de sus madres recibían la bendición hincados, como un último testimonio de amor materno, algo que los habría de acompañar hasta su regreso.

El tiempo en la Estación Central pasaba volando, las recomendaciones, los abrazos no eran suficientes, las miradas de amor entre esposos y novios fueron eternas, queriendo retener los minutos, prolongar más la presencia del amado, inexorablemente sonaba el silbato de la locomotora que anunciaba la triste despedida, ahí temblaban los corazones, se estremecía el cuerpo de dolor…el ultimo abrazo y el adiós.

Difícil imaginarse el momento enternecedor y sublime, las lágrimas silenciosas preñadas de angustia rodaban por las mejillas de las madres, novias y madrinas, las esposas y hermanas disimulando el dolor oculto que apretaban en sus pechos.

Muchos valientes se hincaban para recibir una última bendición de sus madres, aquellas que los trajeron al mundo y ahora los devuelven:


“Adiós hijo de mi alma…si Dios quiere volverás, si no, nos veremos en el cielo…” El soldado conmovido con lágrimas en los ojos:

-Adiós madrecita amada, he de volver te lo prometo-

¡VIVA BOLIVIA CARAJO!

Y entusiastas se desprenden de los brazos de sus madres, de sus novias, de sus Madrinas de Guerra, suben al tren rápidamente a medida que lo hacen poco a poco se ven salir cientos de cabeza por las ventanillas y ellos alegres dicen adiós con las gorras del uniforme militar, las bandas de música se confunden con los hurras y vivas de la gente que grita emocionada y retumba en toda la estación.


Se escucha el sonido de la maquinaria que anuncia la partida del tren afloran los pañuelos blancos en el aire y las mujeres recién hacen saltar las lágrimas de toda la angustia reprimida en presencia de los hombres, en ese instante saltan los corazones, mitad del alma se va con ellos. A medida que avanza el motorizado se escuchan gritos emocionados de la muchachada que gritando se va: ¡¡Viva Bolivia!! ¡Ganaremos a los Pilas… Volveremos y triunfaremos!

Pausadamente se aleja el tren, luego más rápido, más rápido la locomotora se pierde en lontananza envuelta en una nube de humo, todos en la estación esperan hasta que se esfuma en la mirada, muchas madres en el andén han quedado postradas de rodillas con los brazos abiertos, sin soportar el dolor siguen con el alma en los ojos a la máquina que se pierde como un punto en la distancia.

-Se fue mi hijo…Dios mío! Quién sabe si lo volveré a ver-

El Soldado boliviano servidor de su patria se va a la guerra, orgulloso, altivo, lleno de júbilo. Si ellas pudieran verlos ahora en el tren candando:

“QUIEN TOCA LA PUERTA
YO SOY SEÑORAY VENGO A DESPEDIRME
AL CHACO ME VOY”



Fueron muchos los soldados que tuvieron Madrinas de Guerra, por todos los lugares donde pasaban o se quedaban, ya sea muchachas que habían conocido allí o allegadas a la familia. Ellas los ayudaron, los recibieron y despidieron, los confortaron, curaron sus heridas.

Fue preponderante en ese tiempo la labor de las madrinas tarijeñas, chuquisaqueñas y orientales, ellas los recibieron y los siguieron hasta la frontera, curaron sus penas y muchas se hicieron novias de ellos. En todo el territorio nacional por donde pasaron los destacamentos, estas mujeres valientes y heroicas no cesaron en sus cuidados, los alimentaron, animaron y con llanto en los ojos los enterraron.

Se encargaron de escribir noticias a las madres, contándoles que habían visto a sus hijos, que estaban bien, que se hallaban partiendo para otros lugares, muchas veces inclusive tuvieron la dolorosa misión de comunicarles que ellos habían caído en acción. Esta obra múltiple y compleja de la retaguardia, especialmente en la labor que efectuaron las señoritas “Madrinas de Guerra”, tuvo una eficiente labor de aliento, valor y entrega, la misma que vitalizo el corazón de los combatientes, sin ellas sus glorias aun siendo grandes no hubieran sido completas.

A todos los soldados, madres y madrinas bolivianos, les agradecemos. Son la gloria de la nación. Soldado reverente héroe anónimo, hijo del pueblo que al conjuro de la palabra mágica “BOLIVIA” diste tu sangre y tu vida a ti te saludamos héroe inmortal que defendiste denodadamente los más sagrados principios de justicia y libertad de nuestra nación, que, si bien perdió esa batalla, ¡jamás fue derrotada en su espíritu!

Tus proezas legendarias serán cantadas por los poetas y tu sombra vagara por las selvas y cañadas inmensas del Chacho, montara guardia por los siglos de los siglos en beneficio de nuestra patria.

A todas las mujeres benditas que perdieron hijos, nunca supieron donde fue enterrado y solo recibieron una carta del Comandante en Jefe del Estado. A esas mujeres que siendo “madrinas de guerra” acompañaron a los soldados, curaron sus heridas y sacaron sus pañuelos blancos para despedirlos en las estaciones del tren, ¡a esas que los siguieron durante la campaña GRACIAS! Mujer boliviana, fuerte, esposa, compañera, guerrillera, madre de familia, madrina, profesional y activista la historia dirá algún día cuan valiente fuiste, eres y lo serás.

Isabel Velasco



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13 de junio de 2020

SAN ANTONIO BENDITO


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La bella imagen de San Antonio que se venera en la Basílica de San Francisco llegó de España durante la época colonial ya acreditada de milagrosa.  Quienes la ven con atención sienten tiernos y amorosos afectos, su rostro angelical inspira los más puros sentimientos y desde aquellas lejanas épocas de nuestros tatarabuelos es Patrono de la Juventud Paceña.

Dice que desde aquellos tiempos del coloniaje las jóvenes acudían a verlo con ansias y anhelos vehementes para pedirle el milagro de  tener un novio guapo que luzca bien, si es posible un Adonis amoroso y de buen carácter; que tenga oficio y beneficio mejor aún con hacienda y mucho dinero, es decir el esposo ideal.  Por su lado los jóvenes se inclinan fervorosamente ante él para pedirle una linda y hermosa novia, hacendosa, virtuosa, una niña de su casa que no sea pizpireta, mucho menos coqueta, buena madre y gentil esposa. Una mujercita que sepa cocinar, coser, lavar y planchar para llevarla al altar.

En los tiempos de nuestros abuelos, no era muy difícil para el Santo hacer posible las peticiones de los jóvenes casaderos y enamorados, es por eso que el 13 de junio, fiesta de San Antonio, toda la juventud se preparaba con gran emoción para asistir a los festejos, los que se organizaban con gran algarabía en el templo de San Francisco.  Todos los devotos y muy especialmente las señoritas de esas épocas de oro del 1900 al 1940 esperaban con entusiasmo ese acontecimiento religioso para el cual los curitas franciscanos hacían lo posible a darle el mayor realce posible.

Esta fiesta se realizaba desde el primer día de junio hasta el 13 con todo el esplendor social posible. Toda la ciudadanía paceña se daba cita durante los trece días para rezar la tradicional “Trecena de San Antonio” y escuchar los sermones de los oradores de esas épocas.


La juventud de esos tiempos era elegante y para esta fiesta se arreglaban con especial interés, pues iban convencidos que allí mismo en la iglesia el santo les haría el milagro. 

Los “pijes” se situaban en las naves laterales del templo, para desde allí poder mirar a las muchachas acomodadas en la nave central acompañadas de sus padres y familiares.  Miradas van miradas vienen San Antonio desde su esplendoroso trono a un costado del Altar Mayor, comenzaba los milagros.  En efecto los jóvenes que de “antemano” habían “echado el ojo” a las dueñas de sus sueños, pedían vehementes al santo ser correspondidos y el milagro no se hacía esperar, pues ellas contestaban inmediatamente con una sonrisa escondida detrás de los velos, iniciando así un romance de miradas que indicaba “pololeo seguro”.  A todo esto los padres enfrascados en sus rezos, no atinaban a otra cosa que disimular, las madres haciendo girar entre sus dedos las cuentas del rosario y los caballeros retorciéndose los mostachos sin piedad.

Concluida la ceremonia, el gentío abandonaba el templo, los galanes se adelantaban en salir para posesionarse del atrio formando un callejón, a fin de ver la salida de las muchachas quienes pasaban delante de ellos en medio de un concurso de piropos y lisonjas dichas con toda mesura y elegancia.  Allí se producían los primeros encuentros con los padres, quienes saludados cortésmente por los petimetres no podían impedir la gracia de permitirles acompañarlos hasta sus casas.

Independientemente de estos oficios religiosos,  las misas y trecenas, las chiquillas escribían cartas a San Antonio las cuales eran entregadas al sacristán para que el las depositara a los pies del Santo, importantes misivas con ruegos y peticiones como la siguiente:

“San Antonio milagroso yo te pido con fervor un esposo cariñoso con dinero y mucho amor”.

No existía casa en toda la ciudad que no poseyera una imagen del Santo con una vela prendida constantemente durante los trece días del mes de junio, ya sea pisando cartas o con la imagen de cabeza  hasta que se produjera el milagro de una relación. Para las jovencitas a las que “más o menos ya las estaba dejando el tren” San Antonio era la esperanza, el consuelo y el receptor de sus angustias, oraciones y también castigos.

Durante los días que antecedían a la fiesta del Divino Antonio el templo de San Francisco siempre se encontraba lleno  hasta después de la trecena, en esos tiempos no existía abogado con más clientela en la Basílica que el bendito Antonio.  Los jóvenes de esas épocas escribían cartas las hacían bendecir y le rezaban con fervor.

La fiesta de este santo fue para nuestros padres y los padres de ellos un acontecimiento de esperanza, dignidad y elegancia. Una demostración del enorme sentir decente del pueblo, una festividad de significancia emocional de galantería y fineza de la juventud de entonces que nunca fue alterada ni ensombrecida  con leyes pues en esos tiempos la juventud conocía y practicaba la decencia y las buenas costumbres .


Isabel Velasco


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31 de mayo de 2020

UN ROBIN HOOD CRIOLLO


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Domingo Navarro, alias “El Correvolando”, fue desde muy niño un hábil y escurridizo amigo de lo ajeno quien por el año de 1900 tuvo en “jaque” a la policía de nuestra ciudad.

Su fama de ladronzuelo repercutió de uno a otro confín. Su audacia para trasladarse como una sombra perdida en la oscuridad de la noche hicieron de este personaje novelesco y misterioso un sujeto inolvidable, no solo por la sutileza de su ingenio, sino también porque habiendo consagrado su vida al robo, jamás cometió un “crimen de sangre”.  Él combinaba su habilidad para apoderarse de los bienes ajenos con una inclinación innata para aliviar la miseria humana allí donde la encontraba, constituyendo su principal característica el placer inefable que decía experimentar al convertirse en declarado protector de los desheredados, siendo así engrandecido por la fantasía popular y objeto de las simpatías y admiración de los pobres que tenían en el a un osado defensor. 

Este Robín Hood criollo distribuía el fruto de sus latrocinios entre los pobres de la ciudad siendo así uno de los personajes más requeridos y recordados de aquellos tiempos.

Dicen que era un hombre fuertemente constituido y dotado de una agilidad que justificaba su popular nombre de guerra, de estatura mediana, moreno y de ojos negros y vivaces. Insinuante y comunicativo se expresaba con soltura y un invencible gesto de ironía realzaba el aplomo que no hubo de abandonarlo ni en las más difíciles circunstancias. Hallaba amigos e inspiraba simpatías donde quiera que posara su planta al punto de que en todas partes hallaba un albergue contra las persecuciones de la policía.

Un robo novelesco y audaz era en todas partes la señal inequívoca de su presencia, pues retaba osadamente a la justicia dejando en el teatro de sus fechorías un recibo suscrito de su nombre y otorgado en favor de su propia víctima.


Entre las múltiples historias del Correvolando está el Asalto a la Bettiger Trepp Company cuyos asientos mineros se encontraban en la localidad de Araca. Un día se anoticio de que los directivos de la compañía mandaban una remesa de dinero suficientemente grande para cubrir los gastos de sueldos, salarios y pulpería de los mineros, oficinistas y obreros. Para este atraco el Correvolando trazó su plan perfectamente y acompañado de sus “compinches” se fue a esperar la diligencia, la cual hacia su viaje de La Paz a Araca y en un recodo del camino, enmascarado sorprendió a los viajeros.  Después de haberse apoderado del dinero, los puso contra el paredón y en vez de matarlos les extendió un recibo con su firma el cual decía: “He recibido de la firma Bettiger, Trepp Co. la suma de 5.000 bolivianos a cuenta del dinero que Bettiger debe a los pobres por tanta riqueza que explota” Firma: El Correvolando.

Cuentan que justamente después de este robo, la mañana del  25 de diciembre de 1902 se presentó en el patio del antiguo Hospicio de niños huérfanos de San José elegantemente vestido con tarro y bastón, saludó a la Madre Superiora diciendo ser un acaudalado minero, hizo pasar al patio del Hospicio una legión de diez mulas cargadas con grandes bultos repletos de golosinas y ropas fruto de su robo a Bettiger y Trepp  y repartió todo entre los niños en medio de gran alborozo y lágrimas de felicidad.

Privado de todo conocimiento e instrucción el “Correvolando” se convirtió en un benefactor sentimental de las multitudes y suspendido su espíritu inculto entre el delito y el ideal humanitario, pretendía absolverse a sí mismo de sus culpas invocando el hecho real de que robaba a los ricos para beneficiar a los pobres.

Un 13 de junio del mismo año apareció una gran cantidad de dinero en la alcancía del “Cepillo de San Antonio” de la Basílica de San Francisco, suma más que suficiente para beneficiar a todas las familias pobres que no pedían limosna y recibían ayuda de los padres franciscanos.  En ese Día de San Antonio los sacerdotes se encontraron con varios sobres con la firma del Correvolando. 

Perseguido por la justicia por sus delitos, se veía siempre huyendo de un lugar a otro, la gente le tenía un escondite para cuando escapaba  fue apresado y procesado en Uncia, remitido al Panóptico de La Paz, de donde consiguió evadirse para caer nuevamente en la población de Ayo Ayo logro huir disfrazándose con el capote del guardia. Sabiendo después que el centinela recibió 500 latigazos por esta falta, lo busco y le devolvió su capa y 500 bs. Uno por cada azote que le habían dado.

Al fin se nublo la estrella de su suerte y en 1903 después de haber robado una mula a un mercader austriaco en el Tambo Quirquincho se fue a dormir tranquilamente. No falto un soplón que aviso al gringo que el Correvolando rondaba por ahí con mula y todo y en un episodio de película el austriaco se enfrentó con el Correvolando mas la mula y le disparó un tiro de revolver en el pecho, dejándolo instantáneamente muerto.

Así acabo la turbulenta vida de aquel ladrón famoso que según decían se había consagrado a proteger al pobre sin haber manchado jamás sus manos con una gota de sangre y fue el primero en romper la tradición de que era imposible evadirse del Panóptico de La Paz.


Isabel Velasco




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22 de mayo de 2020

LOS ÁNGELES DE LLOJETA


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El suceso que estoy a punto de narrarles quedo grabado en todos los corazones de la ciudadanía paceña de los tiempos de los abuelos ya que los causales del mismo promovieron hondos pesares de culpabilidad, no solo en los grupos cercanos de las víctimas, sino también en todos los ámbitos sociales de nuestro pueblo. En esos días todavía en La Paz no se conocían los hechos de violencia, las pandillas, la droga, la pornografía y todos esos males que hoy aquejan a nuestra sociedad y están causando graves situaciones de inseguridad y desaliento.

El 2 de mayo de 1958 presentaba un domingo lleno de sol. En la placidez del ambiente en todos los hogares paceños se habían dispuesto desde muy temprano los ajetreos dominicales que comenzaban con la asistencia de toda la familia a la Santa Misa. Eran tiempos en que los jóvenes asistían al acto dominical celebrado en todos los establecimientos católicos donde estudiaban. Así pues los colegiales a su deber con Dios en el colegio y la demás familia a su parroquia, luego la tradicional matinal en los cines favoritos de la juventud paceña de ese entonces: el Seis de Agosto, el Princesa, el Cine La Paz, el Tesla, para concluir la mañana felices y contentos en el paseo del Prado, después de una pasadita por la salteñería más concurrida que en esa época era la famosa del final de la Avenida 16 de Julio “El Prado”, la inolvidable “El Tokio”. Mientras esta juventud sana y tan alegre de esos años daba vueltas y vueltas alrededor del Prado, risas van risas vienen, coqueteos, cadetes y margaritos, nadie ni por un minuto sospechaba que, en el lejano barrio de Sopocachi, por las serranías de Llojeta, se estaba llevando a cabo un drama sin precedentes enmarcado en la desesperación más profunda. El hecho, sin lugar a duda, habría de causar hondos sentimientos de dolor en toda la población.

Gaby Rodas C., pequeña niña de 14 abriles, Remy Sánchez R. y Martha Angulo B. ellas dos menores en un año, amigas inseparables, lindas niñas compañeras de estudios del Liceo La Paz, ese domingo particularmente, según lo expresado por sus padres, se arreglaron extrañamente con singulares detalles de pulcritud, vistieron sus trajes nuevos y se peinaron con excesivo cuidado, este rito no llamo la atención de los señores Roda, Sánchez ni Angulo, ya que por ser domingo de paseo en el Prado era de esperarse que estuvieran lindas, sin embargo lo que si los hizo pensar un poco fue el hecho de que lo hicieron lentamente, tristes y con cierto aire de melancolía. Nada comparado con otros domingos en que este afán se lo realizaba con prisa y a las “volandas”. Más aun el detalle de que se despidieran con expresivo cariño…algo que según declaraciones posteriores de los padres “les llamo profundamente la atención”. Las tres niñas salieron de su casa a las 9:30 de la mañana, tal parece que su proyecto estaba muy bien planificado, con rumbo seguro se dirigieron a la Misa de San Francisco, ese domingo oficio el Sacramento el Reverendo Fray Cadima, padrecito muy conocido y querido por los jóvenes por su condescendencia, amistad y comprensión.

Terminado el oficio religioso, Fray Cadima entró como de costumbre a la Sacristía, al lado del altar mayor de la Basílica comenzó el ritual de cambio de sus vestiduras sagradas por las del hábito del Seráfico de Asís…mientras lo hacía…vió preocupado como en la puerta de la Sacristía tres niñas lo esperaban con atención, las miró y ellas se le acercaron con una devoción conmovedora, Cadima vio lágrimas en sus ojos y les preguntó la causa de su pena, el por qué de esa angustia tan desgarradora. Remy, Gaby y Martha le pidieron la bendición llorando.

Luego le explicaron que habían acudido a la Virgen de Copacabana, pues “se encontraban mal en sus estudios”. El Reverendo conmovido, como después declaró, les dió la bendición con agua bendita, les aconsejó, reflexionó y las despidió pidiéndoles que tuvieran fe en la Santísima Virgen de Copacabana. Dice que al salir de la Sacristía el Padre Cadima acompañado de un grupo de monaguillos sintió que se le salía el alma del cuerpo y un escalofrió de terror cruzaba todo su ser, vió a las tres señoritas postradas al pie de la Virgen, espero unos quince minutos consternado y las vió salir con las cabezas bajas, sumidas en los más tristes pensamientos.

Acostumbrado el reverendo a ver estas escenas de amor hacia la Virgen, se recogió al convento y volvió a sus quehaceres. Esta fue la última vez que alguien las vio juntas, las tres tenían un rumbo y su viaje era sin retorno.

Tomaron el Colectivo “Dos” emprendiendo ruta hacia la localidad de Llojeta subieron los cerros sin titubeos, ¡macabra excursión!

Por esos años se daban los exámenes finales a principios del mes de noviembre los alumnos que no se habían preparado bien, sin más remedio debería ir a “desquite”, este era el severo castigo por no haber estudiado durante todo el año escolar, tendrían que hacerlo en las vacaciones las que generalmente duraban tres meses, es decir 90 días de estudio, ni soñar con divertirse, lo que desgraciadamente tenían que soportar para luego dar el examen y así salvar el año escolar o en su defecto terminar en un humillante aplazo, al parecer las niñas de nuestra historia se habían aplazado también en el “desquite”.

Los que leen estas líneas se deben acordar que un “aplazo” en la vida de un estudiante de antaño era la antesala del infierno, mucho más comunicar a los padres la noticia, ya constituía una tortura que decididamente se cambiaba con mucho gusto con la mismísima muerte.

Es de imaginarse qué pensarían sus almas blanquísimas, su innegable inocencia, tres meses tuvieron que esperar para este acto inquisitorial, qué terribles ideas pasaron por sus mentes, qué sueños les atormentaron, ¡nadie jamás lo sabrá! La rigidez, incomprensión de sus padres, maestros, amigos pretensiosos y otros factores hicieron que nuestras tres palomas blancas, tomaran la trascendental decisión de quitarse la vida, confeccionando un plan que las llevaría al fatal trance, el cual terminaría con todos sus sufrimientos.

Según dos cartas escritas por la menor de ellas, Gaby, antes del domingo 2 de mayo de 1953, registradas en la prensa de esos tiempos, delatan que el suicidio era lo “único que les quedaba” y pedían a todos perdón y comprensión.


Escribo estas líneas con un dolor incontrolable ya que yo también supe lo que era sacarse un “cuatro” y que decir de un “tres” con tinta roja en la libreta. Por supuesto como expresé anteriormente “eran otros tiempos” en los cuales existían valores diferentes, respeto, convencionalismos que hoy en día están totalmente perdidos.

¿Qué extraños misterios, atracciones, enigmas se encierran en los cerros de Llojeta? ¿Por qué estos son escogidos siempre por los desesperados para terminar sus tribulaciones? ¿Qué ocultos sortilegios, vibraciones existen es esos riscos de tanta belleza? Es algo enigmático. Llojeta fue el escogido por las tres niñas, ¿qué pasó cuando subieron los cerros? ¿Charlaron sobre sus vidas? ¿Se contaron cosas de chicas? ¿Echaron a la suerte sus vidas? ¿Marcharon sin titubeos? …con ellas se fueron las respuestas.

Tres disparos, solo ellas ante la inmensidad de la muerte, nadie acudió al trágico escenario, tres balazos de una Smith Wesson segaron la vida de estas pequeñas inocentes, cuando recién abrían sus corazones al futuro a lo bello y amargo de la realidad de este mundo. Gaby y Martha presumiblemente se habían parado al borde del barranco para caer después del impacto, se las encontró junto a la rivera del rio que atraviesa el profundo risco. Remy la menor con una sangre fría increíble se había auto eliminado, su cuerpo quedo en la orilla del farallón, un precipicio de cincuenta metros.

Ante la misteriosa desaparición de las jovencitas, los padres iniciaron la búsqueda, avisaron a las autoridades y la noticia se difundió rápidamente. Sus amigas del Segundo de Secundaria del Liceo La Paz contribuyeron a la búsqueda, la policía se hizo cargo de las pesquisas y todo lo que acostumbra en estas situaciones. La Angustia de los padres era incontrolable, sin embargo, pronto se supo la triste nueva de que las niñas se habían suicidado en Llojeta, determinando que en la mañana del domingo 2 de mayo, una de ellas cogió el revolver Smith Wesson calibre 32 No.17750 de propiedad de Máximo Sánchez, tío de una de ellas, que fue encontrado junto al cuerpecito de Remy.


La noticia corrió como reguero de pólvora, toda la población se consterno con el hecho, el sepelio fue doloroso y multitudinario. Tres urnas blancas transportaban sus restos al Cementerio General en medio del llanto general de centenares de alumnas del Liceo La Paz y otras representantes de otros colegios, miles de ramos blancos acompañaron el triste desfile, nunca antes en La Paz se vió una demostración tan sincera de dolor. Así fue la despedida de los tres ángeles que desde los cerros de Llojeta levantaron vuelo para siempre.

Isabel Velasco
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18 de mayo de 2020

LA ROSALIA Y EL MARISCAL


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En el antiguo barrio de la Riverilla, segunda cuadra de la calle Juan de la Riva, en la casa marcada con el No. 249 nació y vivió Rosalía Cortez y Silva, una bella y encantadora muchacha perteneciente a una familia de estirpe española de respeto y reputación, conocida en La Paz con el sobrenombre de “Los Marotos”.

 Fueron sus padres don Juan Cortez y García español y su madre Teresa Silva nacida en La Paz. Dña. Antonia Cortez y García, tía carnal de Rosalía, era esposa del Tte. Gral. y Brigadier español Rafael Maroto, quien en 1818 fue nombrado por el Rey Gob. Intendente de la Provincia de la Plata y Presidente de la Real Audiencia de Charcas con el título de Conde de la Casa de Maroto.

De esta familia de godos y realistas procedía Rosalía, la misma que como burla del destino se entregó en cuerpo y alma al vencedor de los peninsulares en Ayacucho, el Gran Mariscal Antonio José de Sucre.

Pasados los 15 años de la contienda entre patriotas y realistas, cuando el triunfo coronó todo sacrificio, llegaron los días gloriosos, las dichosas jornadas de la proclamación de la nueva república y el júbilo al saber la noticia de la llegada de los libertadores a la ciudad de La Paz.

El 7 de febrero de l825, al llegar el Mariscal de Ayacucho entre los muchos agasajos y actos programados en su honor se realizó un “sarao” al que concurrió lo más selecto de la sociedad paceña. Entre el público femenino se vio a Rosalía Cortez y Silva encantadora y atractiva.

Para la llegada de Simón Bolívar, dice que en esos días en el Puente de Coskochaka, actual Plaza Vicenta Juaristi Eguino, se había levantado un enorme y grandioso arco adornado de flores, cintas, banderas rojas y verdes y en aquel atrio a la entrada de la Calancha de un lado a otro de las veredas se hallaba en formación combinada un grupo armonioso de bellas señoritas adornando con sus encantos el altar de la Patria recibiendo al Libertador. En medio de esas preciosas beldades relucía la presencia de Rosalía Cortez y Silva luciendo su juvenil hermosura, las señoritas acompañaban a la heroína Vicenta Juaristi Eguino.

Eran mediodía cuando la comitiva bajó por la calle del Panteón, actual calle Tumusla. Bolívar y Sucre, luciendo vistosos uniformes militares de gran parada, cabalgaban briosos caballos y junto a ellos estaban el guerrillero Miguel García Lanza, personalidades y jefes militares. Tan pronto como el cortejo llegó delante del portón de recepción, dicen que Dña. Vicenta le entregó la “Llave de Oro” con la que el Libertador abrió las puertas de la ciudad en la que se había lanzado el Primer Grito de la Independencia Americana el 16 de Julio de 1809 por don Pedro Domingo Murillo y los héroes de la revolución.

Estrechos, emocionantes y sinceros abrazos unieron los corazones de aquellos héroes: Bolívar, Sucre, Lanza y Eguino rodeados de las preciosas señoritas y en medio de ellas luciendo su belleza Rosalía Cortez y Silva, quien, entre los vivas y hurras del gentío, lucia imperturbable al lado del Mariscal.

A este agasajo siguieron otras fiestas a las que nunca faltó la silueta esbelta de la doñita Rosalía, siempre al lado de Antonio José, a punto que dicen que Bolívar le llamó la atención. La sociedad no pasó por alto estos devaneos amorosos del Mariscal, quien en su delirio cariñoso mandó al artista chuquisaqueño Manuel Tovar pintar el retrato al óleo de esta hermosa Rosalía.

Los comentarios pasaron por encima de la gloriosa espada de Sucre y de la impavidez y el descoco de la Rosalía. El pueblo ya no lo llamaba el Mariscal de Ayacucho sino le puso el sobrenombre de Mariscal Maroto.

En ese primer carnaval republicano, los ciudadanos votaron la casa por la ventana celebrando la liberación de la nueva patria de la colonia española y la juventud bailaba y cantaba en rondas y pandillas por calles y plazas un alegre huayñito o pasacalle:


“¿Dónde está el Maroto?

- En la Riverilla.

Buscando airampu pa’la tempranilla”.



Isabel Velasco.




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1 de mayo de 2020

DOS MIL PESOS POR EL CABALLO Y EL JINETE


Dicen que el Gral. D. José Ballivián era un mozo bien plantado, erguido, orgulloso e imponente.

Aquellos que fueron sus partidarios lo amaron con entrañable cariño y como él lo sabía, con el tiempo aumento su vanidad lo cual atrajo resistencia entre sus enemigos.

El personaje de esta historia tenía como pasatiempo salir de paseo, ya sea a pie o a caballo, cada tarde después de terminar su trabajo administrativo.

Salía de Palacio seguido por un brillante cuerpo de edecanes que se presentaban cada día con un uniforme de paño del mismo color al que llevaba Su Excelencia. Dicen que era un gusto ver ese sequito compuesto también de apuestos militares.

Un día salió de paseo a caballo y designo para esto un zaino que en la caballeriza se lo conocía con el nombre de Uchumayo, hermoso ejemplar de raza que había concurrido con el General a la gloriosa jornada del 18 de noviembre. De manera que Uchumayo era meritorio y muy considerado por sus servicios y por su edad. El hacía lujo y ostentación en sus movimientos, al parecer el orgulloso alazán se exhibía en las calles de tal manera que los paseanderos exclamaban “para tal jinete tal caballo”.

Un día salió el Presidente de Palacio con dirección a la Plaza de San Francisco y pasando por la calle Comercio encontró a un joven simpático pero inmóvil. Noto el general cierta indiferencia en el hombre y al pasar el por su lado no le hizo cortesía ninguna más bien le dijo con desfachatez:

 “Doy 2.000 pesos por el caballo y el jinete”.

El presidente rojo de cólera miro de pies a cabeza al intrépido comprador, lo midió en toda su humilde dimensión y picando su caballo dijo a uno de sus edecanes: “Indague quien es ese individuo”.

La noticia de la oferta circulo con rapidez por la ciudad, muchos ya lo creían soldado raso para el 5to de artillería. Otros auguraban un golpe de autoridad para el infeliz que había visto muy chico al toro y quiso hacerle un pase de muleta.

El joven era de buenas disposiciones intelectuales, había seguido con brillante éxito sus cursos de filosofía, matemática y derecho, luego hizo su práctica y rindió examen de abogado habiéndose recibido con un magnífico “examen sobre tablas”.

Su título de buen profesional sin embargo, no le dio cabida en el mundo abogadil en el cual reinaban unos cuantos jurisconsultos de experiencia y clientela y por más grandes merecimientos que hubiese tenido nuestro agresivo joven, los litigantes no lo buscaban para la dirección de sus causas.

Así pasó mucho tiempo entre fracaso y fracaso y según las informaciones que le dieron al presidente el pobre comprador dejo la práctica de las leyes y más bien se dedicó a empinar el codo poniendo en evidencia el cruel despecho de su triste situación.

Cuál sería el susto de el al recibir la orden de comparendo ante el Presidente de la república, para entonces ya se le habían disipado los vapores alcohólicos y solo recordaba vagamente algo de lo que había sucedido aquella tarde. No le quedo más que acudir a la cita en Palacio de Gobierno y se presentó ante en Gral. Quien lo recibió con esta interrogación:
Así que usted quería dar 2.000 pesos por el caballo y el jinete?

El pobre lívido vacilo un momento  y contesto:

-Excelentísimo Señor el individuo que ayer ofreció 2.000 pesos por el jinete y por el caballo se ha fugado esta mañana dejándome en su lugar lleno de vergüenza y humillación, me ha abandonado entre las prisiones del remordimiento, del oprimido y torturado por el inexorable juez de mi conciencia.-

-Joven ojala sea eterna la desaparición de ese individuo que lo conduce a usted por el camino del oprobio y el deshonor.  Los hombres de bien dominan con energía y voluntad los vicios y las pasiones.

Quiero decirle que el Gobierno quiere utilizar sus servicios y lo ha nombrado hoy Juez de Letras de la provincia Ingavi. Vaya Ud. Allí estudie como siempre y sea hombre útil para su país.-

Informado el Presidente de la Republica de las buenas intenciones y cualidades del joven abogado, se había cerciorado que la ociosidad le presentaba el camino del vicio, hizo las indagaciones con su Ministro de Justicia  Sr. Buitrago preguntando cual judicatura estaba vacante y ordeno que se extendiese el respectivo título a favor de él quien dicho sea de paso sirvió el juzgado a las mil maravillas llegando a ocupar cargos muy importantes y altos puestos en la magistratura y administración.

Qué tiempos aquellos en que el destino buscaba a los hombres basándose en sus conocimientos con justicia y sabiduría, felices épocas de autoridades enérgicas y sabias que gobernaron con la ley en la mano y se hacían respetar.


Isabel  Velasco.



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22 de abril de 2020

Y LLEGÓ EL TELÉFONO A LA PAZ


Ese pequeño aparato que en nuestros días ya no tiene la importancia que se le daba hace muchos años y fue suplantado por los celulares de hoy en día: el teléfono fue uno de los inventos más impresionantes del mundo, su origen presento controversia más este nuevo adelanto científico despertó la curiosidad de todo el género humano transformando el ritmo de vida de todos los habitantes de nuestro planeta.

En nuestro país, los paceños atentos al desarrollo de estos acontecimientos mundiales tuvieron que esperar hasta el año 1900 en que el Supremo Gobierno dio la autorización para la instalación de una empresa de teléfonos a Don Manuel Crespo, hombre emprendedor y visionario, quien tenía un establecimiento de negocios bancarios, comisiones y consignaciones, descuentos de letras en la calle Ingavi No. 19 a media cuadra de la Plaza Murillo. Inquieto y activo trajo la primera central telefónica a La Paz, ubicada en la calle Sucre, tendiéndose la red telefónica para su comunicación en una extensión de 110 kms de alambre colocados en postes por las calles de la ciudad.

El servicio se inauguró el 15 de octubre de  1901 con 62 teléfonos de los cuales 40 correspondían a las oficinas del gobierno y 22 al comercio y casas particulares. 

Fue en verdad un acontecimiento singular el cual despertó la curiosidad de todos cuantos querían conocer este hallazgo científico que comunicaba de palabra a uno y otro lado de la ciudad.  En la ceremonia de inauguración el martes 15 de Octubre, a las 11 de la mañana en presencia del Presidente D. José Manuel Pando, Ismael Montes, Benedicto Goytia, Lucio Pérez Velasco, Andrés J. Muñoz, Héctor Ormachea Presidente del Consejo Municipal, los munícipes Adolfo Gonzales, Daniel Sánchez Bustamante, Benjamín Torrelio, Nicanor Biruet, Nicandro Arguedas y varios otros connotados ciudadanos, señoras y señoritas de nuestro mundo social, todos anhelantes y deseosos de hablar por teléfono y escuchar la voz a la distancia.

El honor del estreno fue concedido al Gral. Pando quien haciendo la primera llamada desde el salón principal pidió comunicación con el Palacio de Gobierno y hablo con su edecán el Tte. Cnel. Manuel Canseco y su ayudante de campo Cap. Jorge Olmos. El primer mandatario visiblemente emocionado y satisfecho inauguro el servicio telefónico de la ciudad expresando en un entusiasta discurso sus felicitaciones y beneplácito al Sr. D. Manuel Crespo, dándole un emocionado abrazo que toda la concurrencia aplaudió. El Vicario   Monseñor Dr. Manuel Machicado bendijo las instalaciones de la Central Telefónica y seguidamente se ofreció un brindis de honor.  D. Manuel Crespo y sus familiares agasajaron a sus invitados con un “lunch” a la francesa preparado por el chef Alejandro Guibert del Grand Hotel.  La fiesta fue realzada con la presencia de la gran orquesta “Iris” de D. Francisco J. Molina quien con hermosos valses amenizo la velada en la cual los asistentes tuvieron el privilegio de hacer una llamada.

De principio fueron diez empleados los que trabajaron en la nueva “Central Telefónica” al poco tiempo los directores vieron por conveniente cambiar a los empleados por señoritas las que desempeñaron su papel con más diligencia y gentileza.
En dicha central existían tres tableros donde las señoritas se encargaban de la conexión, así pues, si alguien quería comunicarse con otra persona hacia girar la manivela de la campanilla del teléfono dando varias vueltas conectándose con la Central, donde la operadora contestaba cordialmente: “Hola con que numero desea que le comunique?” después de recibir la respuesta: “con el numero 20 por favor” y así se establecía la comunicación.

La tarifa de la Empresa de Teléfonos era muy costosa el primer año de suscripción se pagaba 12 bs. Mensuales. La adquisición de un aparato en propiedad costaba 150 bs.

Si  había alguien que sabía todos los secretos de la ciudad era la operadora, ya que al conectar los dos números podía escuchar toda la conversación. Ella se enteraba de todos lo que acontecía: citas amorosas, transacciones comerciales, peleas conyugales, infidelidades y todos los dimes y diretes habidos y por haber.  Muchas veces dicen hasta participaba en la conversación especialmente si se trataba de algún chisme. 

Para el año 1908 La Paz contaba con 340 teléfonos incluyendo uno en la “Villa de Obrajes” de uso público, esta línea era usada en casos urgentes, una especie de llamada de larga distancia.
El horario del servicio telefónico era especial, las empleadas atendían de lunes a sábado desde las siete de la mañana a las diez de la noche, los días domingos y fiestas de guardar solo atendían desde las 7 a.m. hasta la una de la tarde.

Gran novedad la del teléfono que conmociono a la ciudadanía pacen como muchos otros inventos y novedades que llegaron en los primeros años del 1900.

Isabel Velasco
 





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26 de marzo de 2018

BELLAS COSTUMBRES DE SEMANA SANTA


Bolivia siempre ha sido un país muy conservador en sus tradiciones y costumbres, estas se han mantenido por los siglos con mucho amor y constancia.

La Semana Santa y como la celebramos en la patria o lejos de ella es una muestra clara del respeto y el eslabón que tenemos con el pago que nos vio nacer.

Si bien esta comienza el Domingo de Ramos, el Jueves Santo se inicia la liturgia, la misma que en tiempos de antaño se celebraba en horas de la mañana. Para esto tanto las autoridades de la Iglesia y los feligreses se ponían de acuerdo para la organización y conmemoración de esta con todo fervor y solemnidad posible.

El esplendor y pompa tanto en la vestimenta de los sacerdotes como en el arreglo de los altares era el llamado hacia los ritos, canticos y rezos. Callaban todas las campanas, siendo ellas sustituidas por matracas, los fieles vestían de luto estricto, aun los más pobres lucían un cintillo negro en la parte superior del brazo.

El fervor, el respeto era total, las damas de esas épocas no dejaban el mantón, este exigía talle esbelto, sus pliegues delineando los contornos de la cintura con un ala del manto tirado sobre el hombro con intencional abandono y coquetería, contribuía poderosamente al realce y donaire exquisito que para el vestir tenían nuestras abuelas. Los caballeros de traje oscuro, siempre con sombrero.

La prensa en esos tiempos mediante los periódicos traducía este sentimiento en sus primeras páginas, las cuales estaban dedicadas íntegramente a los pasajes de la Biblia con recuadros y estampas de la Pasión de Nuestro Señor, el luto se demostraba en las líneas gruesas que enmarcaban las páginas y artículos.
El Jueves Santo después de la Misa, durante todo el día se realizaban las visitas a las iglesias que tenían que ser catorce, siguiendo la tradición del Nuevo Testamento. Era una devoción familiar que todos cumplían con toda formalidad.

Quienes Vivian por el “centro” comenzaban la visita en la Iglesia de San Pedro, para después dirigirse a San Juan de Dios, luego a San Agustín, San Francisco, de allí a la Iglesia del Rosario, La Recoleta, San Sebastián en Churubamba, luego emprender camino a los Jesuitas pasando por la calle Ayacucho a Santo Domingo, El Carmen, La Merced, la Catedral y la capilla de los Sagrados Corazones. Otra alternativa era la de la Capilla de las Recogidas en la Calle Recreo y la del Ingles Católico.

El “vía crucis” de las familias tradicionales de la ciudad de La Paz de “antes” culminaba con el retorno de los fieles a sus casas donde se intercambiaban impresiones, chismes y críticas sobre el arreglo de las iglesias. En esas épocas se efectuaban verdaderos monumentos de arte, obras maestras de esplendor, las cuales eran decoradas suntuosamente con infinidad de luces, flores, oropeles o tules, todo esto enmarcaba la exposición del Santísimo, los encargados del templo y fieles asignados no escatimaban esfuerzo, alguno para arreglar los altares, se esmeraban de tal forma que cada iglesia mostraba lo mejor de sí en franca competencia con las demás. Ahí se jugaba el prestigio de las congregaciones y de los propios sacerdotes, lo que se traslucía al día siguiente con el comentario de los vecinos.

En estas “visitas” la concurrencia invadía cada rincón de las iglesias en orden y recogimiento, los rezos y cantos eran silenciosos. Se hacían largas colas para no atropellar y no causar disturbios. Este ambiente lúgubre y tenso que mostraban los templos esa noche de pesar, era ocasionalmente interrumpido por una voz gangosa salida de ultratumba que decía: “Una limosna para el Santo entierro de Cristo y soledad de la Virgen María” a esto contestaba un ruido de cadenas ya preparadas por lo monaguillos. Estos detalles contribuían a dar una nota tétrica a esa noche de duelo.

Una costumbre bella de las familias paceñas de antes era la de reunir a todos sus miembros para el almuerzo de Jueves Santo. Muchas lo hacen todavía! El “menú” de abstinencia para esa fiesta familiar consiste de catorce platos. Estos son:

Caldo de Arroz Blanco.
Chupín de camarones.
Bacalao a la Vizcaína.
Ají de Cochayuyo.
Nogada de Bacalao.
Queso Humacha.
Carbonada con choclo y queso
Ají de Tauri.
Habas Pejtu con choclo y queso.
Tomatada de Trucha del lago.
Ají de “Boguitas” con Caya
Ají de Huevo con choclo y queso
Arroz con Leche
Dulce Empanadas.

Bendecía la mesa el abuelo o el padre de familia, agradeciendo a Dios por los bienes recibidos, leía un pasaje de la Biblia relacionado con la pasión de Cristo, este generalmente de la Ultima Cena de Nuestro Señor. No podía faltar en la ocasión una copa de vino y el pan dulce tradicional de Semana Santa generalmente traído de Cochabamba, el cual se partía en trozos en conmemoración a lo que Jesús hizo en esa noche en el Cenáculo.

Al día siguiente el Viernes Santo en la ciudad se sentía un ambiente de recogimiento general, las iglesias abiertas al público, pero con sus altares totalmente cubiertos de telas moradas.

El Sermón de las Tres Horas era un suplicio que todos los alumnos de los colegios católicos tenían que pasar, sin embargo para los caballeros, profesionales y políticos de ese entonces este sermón creaba expectativa, pues los sacerdotes eran famosos oradores y en competencia se preparaban para ganar los laureles y el comentario del público. Esos discursos de aquellos curas de los tiempos de oro hacían retumbar las paredes de los templos con su voz y su palabra, era la “elite” que concurría a estos sermones. Estaban el Foro Paceño, los escritores, los grandes eruditos, los periodistas quienes al día siguiente comentaban la “palabra” ensalzándola o haciéndola pedazos.

El Viernes Santo salían dos procesiones principales, la tradicional del Santo Sepulcro, de la Merced, a la cual asistía toda la sociedad paceña, los gobernantes, los magistrados, los diplomáticos, tal cual es ahora en la actualidad!
Aunque no lo creo en estos tiempos...Pero…así son las cosas en el mundo moderno.

Toda la ciudadanía asistía de luto, las señoras iban cubiertas de mantos negros, velos y mantillas, solamente mostrando la cara, los caballeros portando fanales y veladoras. Con imponente devoción los “Caballeros del Santo Sepulcro” conducían al yacente Nazareno, imagen bellísima que es adorada en la Iglesia de La Merced, más atrás en impresionante paso, cubierta de flores, tules y llena de candelabros venia la Madre Dolorosa, su paso lento y triste mas los avemarías y padrenuestros causaban una sincera tristeza en los corazones. Las mujeres lloraban al verla! Era la Madre de Dios que padecía por su hijo adorado.

La segunda procesión partía de la Iglesia de San Sebastián, esta se lucia por la presencia del artesanado, del pueblo, igualmente todos vestían de luto, las mujeres cual dolorosas portando las “ofrendas”.

Es tradición la presentación de estos corazones de terciopelo rojo en el cual se insertan las más esplendidas joyas de la “chola” paceña, la mujer autentica de La Paz, la misma que se distingue desde tiempos antiquísimos por su fabulosa posesión de faluchos, topos y caravanas impresionantemente cubiertas de oro y piedras preciosas.

Toda esta “Semana Mayor” las radioemisoras solo pasaban música sacra.

El Domingo de Resurrección, ya terminados los días de duelo y recogimiento, toda la ciudadanía vestía nuevamente con sus colores predilectos y por todos lados de la ciudad se podía escuchar los cohetillos y camaretazos que, según decían: hacían reventar a Judas.

Dentro de todas estas costumbres que vivía nuestro pueblo, esta la que ejercían los hombres más significativos de la sociedad! Durante la Cuaresma y con límite de cupos los caballeros se inscribían para encerrarse en la Casa de Ejercicios Espirituales en la Tercera Orden Franciscana, en una especie de “Retiro”.

En el recinto que ahora ocupa el Colegio del mismo nombre, existen pequeñas celdas, las cuales eran habitadas semana tras semana durante cuarenta días por hombres prominentes, políticos, escritores, empresarios. En otras palabras y como decíamos antes “lo más granado de la sociedad masculina”

Asistían a las misas, sermones, procesiones, meditaciones, al termino del día, llegada la noche, se encerraban en sus celdas y con silicios se castigaban en el cuerpo desnudo.

Estos actos de gran devoción eran respetados, no había la menor posibilidad de burla o comentario.

Así era la Semana Santa de antes, mezcla de devoción, respeto y profundo recogimiento. Estas costumbres aun constituyen una de las mayores reservas espirituales de nuestro pueblo.

Isabel Velasco.

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31 de diciembre de 2015

AÑOS NUEVOS DEL RECUERDO


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“Te acordás hermano qué tiempos aquellos”…Esta pequeña estrofa de un antiguo tango, guarda un cumulo de añoranzas y recuerdos inolvidables para aquellos que los vivieron. Realmente ¡Qué tiempos aquellos!

Sin remontarnos más allá del año 1925 evoquemos las fiestas de Año Nuevo cuando la Plaza Murillo era el centro principal de la celebración. La víspera del 1º de Enero, a eso de las diez de la noche, era de rigor reunirse en la Plaza Murillo para esperar el Año Nuevo y despedir al viejo que se iba con sus penas y alegrías para no volver nunca más.

De todos los rincones de la ciudad llegaba la gente, por la vereda del Cine Paris y del Circulo Militar empezaba el paseo y al frente, al otro lado se formaba un cordón de jóvenes “futres” quienes conforme llegaban tomaban ubicación en la rueda y comenzaban a girar, saludándose de una fila a otra, buscando con la mirada a la persona que sería la escogida para el primer abrazo.

Minutos antes de las doce, los galanes de la época trataban de acomodarse y disimuladamente perseguían a la destinataria de sus sueños para tenerla a su alcance el momento que se daban las doce campanadas, hora en que todo el mundo se abrazaba. Los caballeros que iban a “girar” con su familia saludaban a sus conocidos y conocidas, sacándose el tongo, lo hacían con mucha ceremonia. Los jóvenes saludaban con sus pajizos, intentando demostrar a los padres de las jóvenes más bellas, sus atributos de buena educación aprendidos en El Carreño.

Al centro de la plaza tomaba ubicación la banda de música de “Los Colorados de Bolivia”, una magnifica banda de cincuenta miembros quienes amenizaban el paseo desde una esquina de la plaza en el Kiosco llamado el de los Stronguistas.

En las graderías tomaban sitio los componentes del pueblo paceño, quienes después de las doce de la noche, bailaban al son de los acordes de la música interpretada por los músicos.

Este espectáculo tan atrayente congregaba también a numerosos espectadores, gente del pueblo y del campo, ellos se ubicaban en las graderías y ventanales vecinos del Palacio Legislativo y de las numerosas casas y negocios.

Se aproximaba la hora y todas las miradas estaban puestas en el reloj del Palacio Legislativo. El momento en que la sirena de “La Razón” poderosamente anunciaba las doce todos se abrazaban conocidos y desconocidos. Los jóvenes aprovechaban para abrazar a las chicas más lindas y a aquellas jovencitas inaccesibles debido al celo de los padres, ellas a su vez, tomaban ventaja para presentarlos a sus familiares. La alegría que se producía ese momento era realzada por los acordes de la banda y la gente reunida en el centro de la plaza que bailaba con entusiasmo.

Otra parte de la ciudadanía esperaba el acontecimiento en los grandes hoteles y restaurantes de la época. El Club de La Paz, quedaba entonces donde ahora se encuentra la Cancillería de la Republica, el famoso “Paris”, el Club Bancario situado en la calle Comercio, el Club Ferroviario y otros restaurantes más pequeños, como el Kutsner, La Perla y el Bavaria, se habían preparado con esmero y anticipación para celebrar la fiesta más grande del año.

El Club de La Paz y el Hotel Paris contaban con los salones más suntuosos de la época, algo que no podemos imaginarnos. El Paris con muebles importados de Francia, lleno de espejos vieneses, amplios salones versallescos ocupaba todo el edificio que hoy es el Cine Paris en la esquina de la Plaza Murillo, su decorado a todo lujo no tenía nada que envidiar a ningún hotel de nuestra América de la época.

Damas y caballeros que concurrían a esos lugares asistían con sus mejores galas, ellos con frac, los jóvenes con smoking las señoras con trajes largos, sombreros y tapado “Macfarlán” a la última moda de Paris, era una noche de elegancia.

A medida que se aproximaban las doce, los caballeros aparentando controlar la hora sacaban a relucir sus hermosos relojes “Longines” los cuales llevaban colgados de una cadena de oro que llevaban en el paletón. Los garzones esperaban el momento con la botella de champagne en la mano. A la hora precisa, el barman gritaba las ¡doce de la noche! Y al estallido de los corchos del espumante champagne comenzaba el festejo.

El ruido se confundía con la sirena de La Razón y el alboroto de la gente que se encontraba en la plaza.

En esos hoteles el despliegue de licores finos era memorable, forzosamente tenía que beberse champagne francés Pommery Greno, Veuve de Clicquot, Cordon Rouge, la botella costaba 12 centavos ¡una libra esterlina! Después venían los vinos que las señoras acompañaban con “Soda Water”, no faltaban los modernos de la “High Life” que brindaban con disimulados sorbos de ajenjo. Luego del brindis se rompía el baile al son de un “pasodoble”, la pista de baile se llenaba de parejas que hacían retumbar el piso con el taconeo de sus zapatos importados, cubiertos con elegantes gets.

En el “Paris” tocaba una orquesta de mujeres “Las Damas Vienesas”, en el Club de La Paz amenizaba la Típica Y Jazz de Don Francisco J. Molina, la orquesta de moda en esas épocas de esplendor. Los galanes y pijes de entonces hacían despliegue de sus habilidades tangueras al son de tangos como: El Carrillón de la Merced”, “Madreselvas”, “Mi Lindo Julián” y otros de moda que sabían bailar con maestría.

Al amanecer los jóvenes se reunían en la Plaza Alonso de Mendoza, San Francisco y la Evaristo Valle a tomar ponches y el delicioso “api con llauchas” las más famosas eran las de “La Choka” en la calle Bueno, ellas surtían a los vendedores quienes salían con sus bandejas de madera con carbones encendidos ofreciendo llauchas calientitas por toda la ciudad.

En la calle Evaristo Valle el restaurante más conocido era el de “La Valentina” estaba también el del “Chino” donde servían deliciosas picanas por solo cinco reales.

Así epilogaba la noche de Año Nuevo siempre en el barrio de Churubamba, donde no faltaban las peleas de los grupos de pijes famosos de esas épocas.

Al día siguiente se reunían las familias para festejar el Año Nuevo en sus casas bailando al son de radiolas y victrolas ortofonicas con los discos de la RCA Víctor y Columbians, cada tres discos había que cambiar de aguja. Carlitos Gardel y la orquesta de Francisco Canaro eran los infaltables; tambien se organizaban fiestas con pequeñas estudiantinas y se bailaba al compás de las concertinas y guitarras de los que sabían tocar.

Te acordás abuelo, te acordas abuela…esas eran fiestas ¡Qué tiempos aquellos!

Isabel Velasco

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5 de agosto de 2015

DE LA PATRIA EL ALTO NOMBRE


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Dicen que “todo tiempo pasado fue mejor”, vamos a ver... hoy traigo para el recuerdo unas notas de los desfiles en esas épocas en las cuales en Bolivia... aunque parezca un “cuento de hadas” ¡todos, todos vibraban en las fiestas de Agosto! Eran la ocasión más grata, más preparada y lo hacíamos con tanto gusto con verdadera unción patriótica.

Contaron nuestros padres que uno de los desfiles escolares más apoteósicos de la historia fue aquel del 6 de Agosto de 1925, en conmemoración del “Centenario de la República”

Para esa oportunidad, el gobierno americano había regalado 20.000 uniformes color “kaki” para uso de los colegios fiscales de La Paz; estos eran parecidos a los que usan los “Boy Scouts” y así fue como los chicos de las escuelas se presentaron uniformados.

A partir de ese año se inicio una especie de competencia patriótica entre los diversos colegios y escuelas; los trajes que se estrenaron en 1925 sirvieron de modelo para que todos los establecimientos optaran por tener uno propio.

En esas épocas de antaño más o menos entre el 1959 y el 1960 los colegios privados tenían uniformes de “diario y de gala” igualmente los liceos y escuelas lucían vistosos cuellos de colores con sus respectivos sombreros, no solo porque se trataba de una demostración de fervor patriótico, sino porque cada año los colegios se lucían en su presentación e iban progresando paulatinamente con diferentes demostraciones e innovaciones en la vestimenta de los alumnos y muy especialmente en la organización de las “bandas”: hecho que se fue convirtiendo en un verdadero desafío entre los colegios privados de nuestra ciudad.

Cuantos bellos recuerdos han quedado de aquellos grandes desfiles, de los años sesenta. La juventud de entonces no solo esperaba que su banda fuera la mejor, cada alumno aportaba a la contienda su buena educación, su civismo, su paso marcial, sus mejores galas. Fueron gestores maravillosos para estimular esta dedicación los maestros de gimnasia de los diferentes establecimientos destacándose entre muchos el recordado “Negro Ayllon” de la Salle, el querido “Nato Soto” del San Calixto, la señorita Bertha del Santa Ana, la Señorita Zarate en el Ingles Católico y Doña Raquel Atristain en los Sagrados Corazones. Inolvidables maestros de gimnasia que hacían retumbar el colegio con su voz de mando.

Los ensayos para los desfiles del 6 de Agosto comenzaban con dos meses de anticipación. Después de clases era ineludible asistir a las practicas; formación de escuadras, orden de tamaño perfecto, selección de abanderados, portaestandartes y sobre todo “silencio y disciplina absoluta”.

Los coros que debían entonarse el 5 de Agosto en las concentraciones y desfiles, estaban a cargo del gran músico y director profesor D. Antonio Gonzales Bravo, quien organizaba ensayos parciales y generales en el Colegio Don Bosco. Posteriormente otro gran maestro ocupo su lugar: el recordado profesor Luis Felipe Arce, cariñosamente apodado como el “Moko Arce” ¡Quien podría olvidarlo! En los ensayos que diariamente se efectuaban en los patios del Colegio Americano, donde obligadamente asistían todos los colegios para cantar los himnos patrios, posesionado en una alta tarima con batuta en mano dando golpes fuertes a la misma en un obsesionado afán de perfección y tratando de mantener la disciplina entre miles de alumnos reunidos y cantando. El “Moko Arce” era un director fenomenal y enfurecido golpeando la tarima y gritando su famosa frase: “¡No, No! Otra vez… ¡vamos ya!

Surgen entre los recuerdos maravillosos de aquel entonces las figuras imponentes de grandes maestras como Doña Raquel Esprella de la Escuela Argentina quien momentos antes de emprender la marcha, en el patio del establecimiento gritaba con toda el alma: “¡Viva Bolivia!” y a la respuesta: “¡Que viva!” ella acercaba las manos a sus oídos y decía: “!no se oye!.. En el segundo intento: “¡ahora más o menos! y al tercer ¡QUE VIVA! de todo el alumnado… recién gallardamente, afirmaba: “¡AHORA SI... ESTAMOS LISTAS! y se emprendía la marcha.

A través del tiempo fueron apareciendo las “bandas colegiales” inicialmente compuestas solo por un guaripolero y una docena de tambores, luego llegaron las cornetas y las trompetas de tres teclas, los “bubbles” orgullo de maestros y colegiales, adornados con hermosas banderolas y pulidos hasta la exageración.

Jamás ningún paceño podrá olvidar, pues ya forma, parte de nuestra tradición, las memorables competencias entre “Calixtinos” y “Lasallistas”. ¡Había que ver esos duelos de bandas! Muchos dientes rotos por las boquillas de las cornetas o por los puños de sus ocasionales rivales, fueron testigos de esas hermosas épocas. Aunque parezca mentira, eran los propios “curas” y “hermanos” los que estimulaban esta competencia.

La Salle contaba con el asesoramiento del hermano Julián quien ponía todo de sí mismo y elevaba los ánimos de los alumnos marchando junto a las escuadras. Gritaba: “¡Rompan tambores… revienten trompetas!”. Asimismo el queridísimo “Negrito Ayllon” y por el San Calixto Don Roberto Soto. Las maestras de gimnasia anteriormente mencionadas de los colegios católicos de señoritas, hacían de cada marcha un desafío personal.

Para el recuerdo traigo a colación una de las muchas trifulcas que se libraron en las calles adyacentes a la Plaza Murillo especialmente cuando el “Sanca” bajaba por la Jenaro Sanjinés hasta llegar a la Mercado donde se cruzaba con La Salle. Ese era el momento decisivo; el entusiasmo desbordante de los alumnos salía a flor de piel y rompiendo tambores, reventando trompetas, los dos colegios hacían tronar la ciudad de La Paz increíblemente incitados por los “curas y hermanos”, quienes eufóricos corrían de un lado a otro dando ánimos a los ejecutantes y muchas veces gritando y ordenándolas a “soplar hasta estallar”.



Los calixtinos recordaran al hermano Mejía, campeón de box en su España natal, quien trajo sus conocimientos al San Calixto, para que los alumnos los pongan en práctica contra los “lasallistas” quienes por su parte contaban con el asesoramiento del “hermano José” que no se quedaba lejos en fuerza ni en estatura. Así pues, no había vencedores ni vencidos… ambos lo comprobaban el momento de hacer su paso triunfal en la Plaza Murillo después de haber recibido el cariño, el aplauso y la felicitación de todo el pueblo paceño que se daba cita para verlos en multitud y por todo el recorrido desde El Prado.

Figuran entre los muchos recuerdos y anécdotas de aquellas épocas cuando la competencia se había hecho más dura, un 6 de Agosto en que el San Calixto se presento al desfile causando verdadera sensación con una verdadera “bomba” su “¡Batallón de Rompedores”! Sucedió que había llegado al Convento de los Jesuitas un curita en plena formación para el sacerdocio, enviado como profesor... este “maestrillo” así llamado por los chicos, tuvo la brillante idea de escoger a los alumnos más altos del colegio; aquellos que llegaran al metro ochenta de estatura. Los vistió, los ensayo y fue así que el 6 de Agosto salió de la puerta principal del colegio San Calixto un impresionante grupo de muchachos vestidos con un uniforme similar a los de los militantes de la “Falange Española” con unas hermosas boinas vascas y el aditamento en los puños de unas aletas de tiburón, tipo Batman, las cuales les cubrían todo el antebrazo. Su objetivo: ir a la cabeza del colegio abriendo “cancha” en una marcha por demás imponente que causo furor por las calles de la ciudad. ¡Algo inolvidable! El publico los aplaudió frenéticamente por la calle Comercio no podían pasar…la gente gritaba frenética, las chicas se desmayaron de emoción…fue algo fantástico. Por supuesto que fue un duro golpe para los de La Salle…los Rompedores les asestaron tremenda afrenta y fuerte shock en esa ocasión.

Don Roberto Ayllon para reponerse de este infarto, pues no podía tolerar tal afrenta, hizo traer desde España los magníficos “Heraldos” para la banda de La Salle y en el más completo secreto vistió a sus muchachos con el uniforme de la “Legión Extranjera”: blanco con celeste bajito. Qué les puedo decir: esto fue lo máximo! Ese 6 de Agosto de 1964 fue sin lugar a dudas el año de los “lasallistas”. Jamás podremos olvidar a esos hermosos muchachos vestidos de legionarios con sus uniformes celestes. La presentación de los famosos “Heraldos” fue algo que causo revuelo; por demás está decir que eran seguidos en todo el trayecto por una multitud de fanáticas chiquillas del Santa Ana, de los Sagrados y del Inglés.



Qué podemos expresar de la hermosa banda de Instituto Americano, la cual siempre sorprendía a la ciudadanía con nuevas innovaciones, destacándose por ser la más completa y agregando nuevos instrumentos cada año como marimbas, trombones de vara y la sensacional presentación de su grupo de hermosas guaripoleras con pantalones cortos, algo que hizo temblar a la ciudadanía de ese entonces. Causaron furor en esas épocas “oscuras” muchos jóvenes tuvieron pesadillas, las chicas de los colegios católicos sufrieron depresiones insoportables y durante mucho tiempo no se hablo de otra cosa; amén de los que cayeron fulminados de una camotera irrefrenable e imperecedera por las “guaripoleras del Americano”

Fue desde aquellos lejanos días que el Colegio Don Bosco tuvo la banda más perfecta; una de las primeras en ejecutar piezas selectas de grandes músicos, siempre bajo la dirección y empeño del querido “padre Antonio Sabini”: un italiano bien boliviano que siempre iba a la cabeza de “su banda” contagiando el entusiasmo y patriotismo.

Sin embargo, todos tendrán que concordar en que la “Banda de guerra” del Colegio Alemán Mariscal Braun, sin muchos aspavientos, solo con el uniforme de gala, azul y blanco desde la salida del colegio y durante el paso por las avenidas de la ciudad siempre fue la más disciplinada y aplaudida. Jamás ninguna chica de esos tiempos de oro, podrá olvidar el imponente paso de los gringos del Mariscal Braun y su ordenada vuelta al colegio desde la Plaza Murillo, seguidos por la más linda juventud de La Paz, aplaudidos por el público al final del Prado para terminar en su establecimiento en Sopocachi Este plantel educativo en los desfiles era la nota de distinción en los hermosos tiempos de los años sesenta.

El colegio Saint Andrew’s dirigido por sacerdotes canadienses católicos cuenta con una larga historia de civismo desde 1956 época en la cual desfilaban en la zona sur de la ciudad, sin embargo desde 1962 la banda ya contaba con cornetas, tambores y dos pares de platillos. Ese año tuvo destacada presentación en las fiestas del 16 de Julio y del 6 de agosto desfilando en el centro de la ciudad al mando del Director del Colegio el recordado “Cura Burns”. Regalando al público paceño un espectáculo digno de admiración y aplauso con su grupo de altivas guaripoleras con los uniformes de falda corta escogidas entre las señoritas más bellas de esas épocas, cabe mencionar a Tatiana Palza, Sonia Cerruto, Beatriz Barbery, Bee Bedoya, Sandra Gallardo, Ana Maria Diaz entre otras que fueron admiradas y aplaudidas por toda la ciudadanía a su paso por las calles de nuestra ciudad.

“Koripaiti y Koripaitata el Ayacucho está aca! Era el grito de los ayacuchenses a su paso por las avenidas paceñas en el desfile del 6 de Agosto, este tradicional colegio, cuna de grandes personalidades en la historia de nuestro país, era el más temido! Su paso jamás pasaba desapercibido el día de la patria Decanos en la educación boliviana hacían su entrada liderizando el desfile, vestido todo el alumnado con terno negro y con camisa blanca sin corbata y cantando a voz en cuello el himno del colegio. Los ayacuchenses no tenían banda y en medio de una euforia patriota sin medida su grito de guerra se podía escuchar: “Con banda o sin banda…quien manda! A lo cual se podía escuchar la respuesta contundente de todo el alumnado “El Ayacucho” Este establecimiento educativo sí que se hacía sentir en los desfiles de antaño.

Seguramente hay muchas historias, muchos recuerdos de los “días patrios” de las épocas doradas. La juventud de entonces manifestaba su amor a la patria con dedicación, esfuerzo, valentía, consideración…qué tiempos aquellos en los cuales hubiéramos dado la vida por nuestra querida patria!


¡VIVA LA REPÚBLICA DE BOLIVIA!

Isabel Velasco.

Fotos Cortesía de: Fotos Antiguas de La Paz
Simón Bedoya y Alberto Bustamante Valencia


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